jueves, 22 de marzo de 2012

CAPÍTULO 4

- ¡Cuéntanos algo más, porfa!
- ¡Sí, eso!
- ¡Sí!
- ¡Sí!
- ¡Haber, tranquilidad! Jane, anda, cuenta algo más mientras yo hago otras dos tazas de café –dijo Luce.
- ¡No señora, ya va Winky! ¡Usted no se levante! –dijo la elfina, con vocecilla chillona.
- Da igual Winky, si no me...
- ¡No, no y no! Winky no sería una buena elfina doméstica –Winky sentó a Luce, que ya estaba de pie, en la silla y salió corriendo.
- En fin... si no hay otro remedio... –dijo Jane con un bostezo.

Acabábamos de salir de clase de pociones. El profesor, Snape, daba miedo. Sobre todo cuando Seamus hizo estallar su poción y él le dirigió una mirada que lo podría haber matado. Yo por mi parte había descubierto que Historia de la Magia no iba a ser la única clase con la que tendría dificultades para aprobar. Yo ya me estaba empezando a acostumbrar a que Seamus hiciera estallar casi todo lo que tocaba. Luce, por su parte, creo que también se dio cuenta, y advertí que siempre solía insinuar que yo me pusiera en medio de los dos.
Los días pasaban. Luce, Seamus y yo solíamos ir juntos a todas partes. Hermione venía con nosotros a veces, aunque pasaba la mayor parte del tiempo en la biblioteca. Era muy maja, pero estaba un pelín obsesionada con los estudios.
Un día, cuando acabábamos de salir de clase de Defensa Contra las Artes Oscuras, impartida por el profesor Quirrel (que tartamudeaba un poco al hablar y que llevaba un enorme turbante en la cabeza –algunos alumnos sospechaban que era para ocultar su calvicie-.) íbamos hablando por el pasillo los tres. En ese momento, noté cómo algo chocaba contra mí y cómo me caía. Al levantar la vista, vi que el chico que se había estampado conmigo también había caído de bruces al suelo. Él gemía, y yo, asustada por si se había hecho daño, acudí a levantarlo. Luce y Seamus me ayudaron, y cuando el chico estuvo en pie, nos dimos cuenta de que era Neville Longbottom, el que había tenido que ir a la enfermería en la primera clase de vuelo.
- ¿Estás bien? –le pregunté-.
- Sí, sí... yo... siento haberte empujado, y eso...
- No pasa nada, ha sido un accidente.
- Yo... es que iba... al comedor... y...
- Y nosotros –dijo Luce-. ¿Quieres que te acompañemos?
- Bueno...
Fuimos al Gran Comedor para comer, y nos sentamos con Neville. Al principio estaba un poco cortado, pero luego empezó a tomar confianza y empezó a hablar con nosotros de una forma más natural. Nos estaba contando cómo había encontrado a su sapo Trevor dentro de su caldero de pociones cuando aparecieron Harry Potter y Ron Weasley.
- ¡Oh Dios! –dije con admiración-. ¡Es Harry Potter!
- ¡No grites! –me reprendió Seamus-. Deja de actuar como una loca. Todos nos están mirando...
Pero ya era demasiado tarde. Luce y yo estábamos absortas en una conversación:
- ¿No es genial?
- Debe de tener superpoderes o algo...
- ¡Sí! ¿Cómo derrotaría a Quien-tú-sabes?
- ¿Cómo crees que será?
- A mí me parece muy simpático.
- Y muy mono.
- Y muy inteligente.
- ¿Crees que le gustará el chocolate?
- Ni idea, ¿por?
- Estoy pensando en regalarle unos bombones...
- Oye, ¿te imaginas que se sientan con nosotras, aquí?
- IIIIIIIH!!!!! –las dos dimos un gritito histérico-.

- ¿Va en serio? ¿De verdad estabais tan... obsesionadas? –dijo uno de los niños.
- ¿Bromeas? ¡Yo tenía un póster suyo colgado en mi habitación! Claro que acabé sustituyéndolo por una foto con él... –dijo Luce.
- ¡Arréglalo!
- Mamá, ¿en serio os comportabais así?
- Bueno, reconozco que nuestro comportamiento era un poco... estúpido. ¡Pero eso no tiene nada que ver con la historia! Así que sigo.

- Chicas, tranquilizaos, nosotros dormimos en la misma habitación que él y no es para tanto, ¿verdad, Neville? –dijo Seamus.
Qué mal hizo diciendo aquello...
- ¡¿En serio?! –la voz de Luce era histérica-. ¿Puedes presentárnoslo? ¿Por favor? ¡POR FAVOR!
- ¡Y A MÍ TAMBIÉN! ¡YO TAMBIÉN TENGO DERECHO! –llegados a ese punto, muchos alumnos nos miraban, incluidos Harry y Ron, así que bajé la voz-. ¡Por favor, Seamus!
- Yo... bueno, tampoco es que seamos tan amigos... ni siquiera lo conozco mucho...
- ¡Da igual, eso bastará! ¿A que sí, Seamus? ¿A que nos lo vas a presentar?
- Eh... ¡Neville lo conoce mejor que yo! –dijo, seguramente temiendo que de un momento a otro nos abalanzáramos sobre él.
- ¡¿Qué?! ¡No, de eso nada! –dijo el pobre Neville, asustado, pero ya era demasiado tarde.
- ¡Neville! ¡¿Es verdad?! Bien, bien... ¿A qué hora quedamos?
- Pero... yo...
Justo en ese momento apareció Hermione.
- Uf, ya he venido de la biblioteca. ¡Qué hambre tengo! Eh... ¿qué me he perdido? –preguntó, al ver a Neville aterrado y a nosotras dos a punto de abalanzarnos sobre él.
- No mucho, sólo que Jane y Luce nos están acosando para que les presentemos a Harry Potter.
- ¿En serio? A mí no me parece muy simpático. Y su amigo Weasley tampoco. ¡Es incapaz de aceptar una crítica! Y es muy torpe, por cierto. – dijo Hermione, mirándolos de reojo.
- Venga, seguro que no es para tanto. A mí me parece muy majo –dije.
- Umm... –dijo ella, empezando a comer.
Después de comer, nos fuimos a la siguiente clase todos juntos. Porque a partir de ese día, Seamus, Luce, Neville y yo íbamos casi siempre juntos a todas partes.
El caso es que acabábamos de dar una clase de transformaciones, y como demostración la profesora McGonagall se había transformado en gato y había convertido a un alumno en una brújula. Nos enseñó cómo volver amarillos unos ratones, aunque sólo Hermione lo consiguió hacer. Seamus consiguió volver a su ratón negro de color gris, pero provocó un pequeño estallido y el ratón se asustó y escapó. Yo conseguí volver amarillo el pelo, pero no el de mi ratón, sino el de Luce. Antes de que ella supiera que había sido yo, grité “¡Malfoy! ¿Pero qué has hecho?” y me escondí bajo la mesa. El pobre se dio la vuelta, sin entender nada, pero enseguida tuvo que echar a correr, porque cuando Luce descubrió lo que le había pasado a su pelo comenzó a perseguirlo lanzándole todos los conjuros que sabía. El resultado fue que Neville quedó colgado boca abajo (por culpa de wingardium leviosa), la pluma de Hermione salió despedida y salpicó tinta por todas partes, el pelo de Malfoy adquirió un tono azulado y Luce se ganó una buena reprimenda por parte de la profesora McGonagall. Yo me sentía un poco culpable, la verdad, pero no me atreví a decir nada. Al fin y al cabo, no había sido tan grave, ¿no? Además, tampoco es que pasara nada porque se llevase Malfoy las culpas... No había hecho nada, vale, pero era mezquino, y además las situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas.
- ¡Con que fuiste TÚ! ¡Tú me pusiste el pelo de ese horrible color amarillo canario!
- Ups... Eh... pues sí, jeje... qué gracia, ¿eh?... jeje... je... ¡AAAAH! ¡SOCORROOOO!
- ¡AHORA VERÁS! –Luce agitó su varita y el pelo de Jane se puso de color verde vómito.
- ¡¿QUÉ LE HAS HECHO A MI PELO?!
- Si no te gusta lo puedo cambiar... –agitó su varita, y esta vez el pelo de Jane adquirió un color azul eléctrico.
- ¡Si quieres guerra la vas a tener! ¡Toma esta! –el pelo de Luce se volvió de color rosa, y ella chilló y empezó a lanzar conjuros a diestro y siniestro, y lo mismo hizo Jane.
- ¡PARAD! –chillaron los niños, unos minutos después. Uno de ellos tenía el pelo morado, otro de un color rosa chicle y un par lo tenían de color de verde.
- Oh, es verdad... ¡Hay que ver lo infantiles que somos! ¿Verdad, Luce?
- ¡MI CASA! ¡MIRA MI CASA! ¡OH DIOS, MIRA MI SOFÁ! ¡Y LA PARED! ¡¡¡Y LAS CORTINAS DE MI MADRE!!! –Luce, histérica, comenzó a devolver todas las cosas a su estado original. Aún llevaba el pelo a lunares rojos cuando arregló un jarrón que se había roto.
- Mi propia madre... ¡Qué clase de comportamiento es éste! ¡Y delante de nuestros invitados! Mamá, si te vuelves a portar así, no vamos a poder invitar a nadie a casa... –dijo uno de los niños, que solía ser rubio, aunque ahora tenía el pelo de color verde.
- ¡A mí no me...! ¡MI NIÑO! ¡¿Qué le ha pasado a tu bonito pelo?! Trae, yo lo arreglo... –con un movimiento de su varita, su pelo y el de los otros niños volvió a la normalidad.
- Ejem, bueno, si ya hemos acabado... Continúo con mi historia.
- ¡No hemos acabado este tema! Pero sigue, sigue, ya hablaremos luego, no es tan urgente... –dijo Luce al ver la cara que puso Jane.

Bueno, como iba diciendo, el caso es que acabábamos de dar una clase de transformaciones. Cuando salimos del aula, Seamus seguía intentando realizar el hechizo que habíamos estado practicando en transformaciones. Subimos a la sala común, y allí Seamus hizo estallar varios pergaminos de los deberes de un chico de quinto sin querer. Al chico no le hizo demasiada gracia, y si no llega a intervenir Percy Weasley, prefecto y hermano de Ron Weasley, probablemente Seamus habría acabado bastante mal, porque el chico empezó a gritarle y lo apuntó con su varita.
Cuando el chico se retiró a su habitación, muy indignado y lanzándole miradas asesinas al pobre Seamus, éste, que se había puesto pálido, comenzó a decir:
- Ahora me da miedo venir a la sala común... Si no llega a estar ese prefecto aquí, me habría hechizado. ¡Y seguro que lo vuelve a intentar cuando nadie nos vea!
- Vamos, Seamus, no creo que el chico te haga nada... –le dije, intentando consolarlo.
- Si es que soy un torpe... ¡Todo lo hago estallar!
- No te preocupes, yo tampoco soy muy bueno con los hechizos. ¡Seguro que al final de curso seremos unos magos impresionantes! –dijo Neville.
- Y además, tan poco has hecho tan mal el hechizo –dijo Luce-. Al fin y al cabo, los trozos de pergamino se han puesto de color amarillo...
Esto valió las risas de todos, incluida la de Seamus, que se relajó un poco. Aunque, eso sí, siempre que veía a aquel chico, procuraba ponerse en el lado contrario de la sala, lo más alejado posible de él.

No hay comentarios:

Publicar un comentario