viernes, 9 de marzo de 2012

CAPÍTULO 3

- Bueno, ya está, ahora a la cama. Y vosotros siete tirando para casa… ¡Ah! Por cierto: cuándo lleguéis a casa decidle a vuestras madres que al final el sábado vamos a ir al Callejón Diagón.
- Vale. Hasta mañana. ¿Pero mañana seguís contándonos historias?
- Que sí, pesados, pero iros ya, que es tarde.
- Vale. ¡Hasta mañana!
- Y vosotros dos, a la cama – dijo Luce dirigiéndose a sus hijos.
- Jo mami, déjanos un poco más – dijeron los dos al unísono.
- Ni jo ni ja, a la cama. Ahora iré a daros un beso. ¡Y lavaros los dientes! – los niños subieron con una cara muy larga por la escalera hacia sus habitaciones.

AL DÍA SIGUIENTE…
- ¿Quién llama al timbre un Sábado a las 9:00 de la mañana? – dijo Luce levantándose de la cama, bajando las escaleras medio dormida y yendo con cara de pocos amigos hacia la puerta en la que hace unos instantes había sonado el timbre.
- Buenos días tía Luce – dijeron dos niños delante de la puerta. Jane estaba justo detrás, frotándose los ojos y bostezando.
- Pero chicos, ¿qué hacéis aquí tan temprano?
- Venimos a que sigáis contándonos las historias.
- ¿Pero no podíais haberos esperado un par de horitas más…? Ni siquiera mis hijos están levantados.
- Claro que sí, mamá – de repente salieron del salón dos niños, ya vestidos.
- Pero... ¡¿Y vosotros dos cuándo os habéis levantado?!
- Hace una hora. Les enviamos una lechuza para que vinieran rápidamente, que no hay tiempo que perder.
- ¡ESPERAD, ESPERAD! – de más allá de la puerta, llegaba el sonido de otras voces que cada vez se escuchaban más cerca. Eran cinco niños más que llegaron jadeando a casa de Luce - ¿Llegamos tarde?
- ¡No, llegáis pronto!
- Ah, bueno, entonces bien. Nos vamos acomodando.
- Pero, no pretenderéis que sigamos contándoos las historias ahora, ¿verdad?
- Porfi mami, ¡PORFI, PORFI, PORFI, PORFI, PORFI!
- Venga, ya que estamos aquí y ya me he desvelado, pues vamos a seguir contándoselo – dijo Jane con voz ronca debido a que se acababa de levantar.
- De acuerdo, pero esperad por lo menos que me vista.
(...)
- Bueno venga, sentaos en el sofá – dijo Luce entrando en el salón. Cogió una silla y se sentó al lado de Jane – mi cabeza va a estallar… ¿Y si empiezas tú mientras yo me tomo un café?
- Aquí lo tiene señora – dijo una vocecilla aguda. Winky apareció con una bandeja en las manos, en la cual había dos cafés – Uno para usted, y otro para el señor, que por cierto, ¿dónde está?
- Está durmiendo aún, no hace falta que lo despiertes.
- Pues entonces el café se le va a quedar frío… - dijo Winky con cara de decepción.
- No, no, no, ya me lo tomo yo, si no me importa, de verdad – dijo Jane.
- Jo mami, dame un poco de café, anda.
- ¡De eso nada, – le dijo Luce al niño – que luego me das la noche!
- ¡Bueno, empezad ya!
- Venga, empiezo – dijo Jane, empezando a narrar la siguiente historia.

“Al día siguiente me desperté en cuanto salió el sol. De todas maneras no había podido dormir bien aquella noche; estaba nerviosísima.
Cuando me levanté, Hermione, Lavender y Parvati, nuestras compañeras de habitación,  ya estaban listas. Luce, sin embargo, estaba aún tumbada en la cama y tapada hasta el cuello con la peluda manta.
- ¡Luce! – le grité al ver que no tenía ninguna intención de levantarse – Luce venga levántate, vamos a llegar tarde.
- Un ratito más… - dijo ella con voz ronca.
- No, levántate ya, anda…
Nos vestimos, nos aseamos y revisamos el horario de hoy. Y así, tras coger los libros y el material, las cinco abandonamos la habitación.
La primera clase era Historia de la Magia. Supongo que, al ser el primer día, tenía las expectativas muy altas… Yo pensaba que la clase sería algo así como una representación de la Historia, es decir, que si estudiábamos una guerra, el invento de un nuevo hechizo, el primer Tribunal de Magos, lo que fuese, el profesor haría que de su varita salieran figuras que lo representaran por la clase, o incluso que nos transportaría hasta el lugar de los hechos. Nada más lejos de la realidad… Pero pasó todo lo contario. El Profesor Binns, que era un fantasma, lo único que hacía era hablar y hablar y hablar…
Mi mente empezó a vagar lejos de allí. Estuve un buen rato pensando en qué nos aguardaría después de aquella clase. ¿Serían todas las demás igual de aburridas? Me fijé en la clase. La mayoría estaba recostada en sus respectivas mesas; algunos parecían dormir. Un par de alumnos se esforzaban por atender, pero más de uno cabeceaba. Una chica parecía muy entretenida viendo volar a una mosca que revoloteaba cerca de su cabeza. Nadie prestaba atención. Nadie, salvo una chica que se sentaba junto a mí y que no paraba de apuntar todo lo que profesor decía. Era Hermione Granger, una de mis compañeras de habitación. No hacía más que mojar la pluma en tinta y rellenar el pergamino. Asombrada, se lo dije a Luce y ella, tras abrir los ojos y restregárselos, quedó tan impresionada como yo y le dijo, reprimiendo un bostezo:
- Eh… Hermione… ¿Para que apuntas todo eso, si el profesor no ha dicho nada…? Y además es la primera clase, creo que no hace falta.
- ¿Y si sale en el examen? Tengo que estar preparada… Ya me he estudiado los cuatro primeros temas del libro pero también tengo que asegurarme de saberme bien las explicaciones del profesor.
La cara que puso Luce fue épica; “yo ni siquiera he abierto el libro aún” murmuró. Cuando terminó la clase, Luce y yo salimos y miramos el horario de las asignaturas: tocaba encantamientos. “Espero que la clase sea más entretenida, o si no voy a recuperar las horas de sueño que no he dormido esta noche” pensé.
Entramos al aula. Había unos pocos alumnos ya allí. Miré alrededor, por si el profesor ya había llegado, pero no vi a nadie, tan sólo una pluma en cada mesa. Pasados unos minutos, como no parecía que el profesor fuera a venir, la mayoría de los alumnos que estábamos allí empezamos a hablar con los compañeros. Cada vez había más ruido, pues cada vez se unían má7s personas a la conversación. Cuando toda la clase empezó a gritar, empezó a oirse una especie de tosecilla aguda, pero se amortiguaba por el griterío y no coseguí saber qué era. Entonces, un hombrecillo con una barba blanca salió de detrás de la mesa del profesor. Era tan bajito que apenas llegaba a la cintura a los alumnos más pequeños. El hombrecillo agitó su varita y una pila de libros se amontonó junto a la mesa. Se subió a ella, consiguiendo tener ya la altura de un alumno –eso sí, un alumno bajito- y volvió a emitir esa tosecilla. Como nadie le hacía caso, dijo “¡Silencio!” pero nadie reparó en él. Entonces volvió a agitar su varita y gritó “¡Quietus!”, y al instante todos enmudecimos. Comprobé con horror que no podía hablar, al igual que todos mis compañeros. Entonces el hombrecillo asintió, satisfecho, y dijo “¡Sonorus!” y todos recuperamos la voz. Aliviados, pero un poco intimidados, nos limitamos a observarle. Él sonrió y dijo, con una vocecilla aguda:
- ¡Bienvenidos a clase de encantamientos! Yo soy el profesor Flitwick.
Un murmullo se  extendió por la clase, pero al ver que el profesor movía su varita, todos callamos al instante, con miedo de volver a enmudecer. Entonces, dijo:
- Para la primera clase os voy a enseñar el encantamiento levitador. Vamos, agitad vuestra varita y decid Wingardium Leviosa.
“¡Wingardium Leviosa!” dijimos todos a la vez. Ninguna pluma se movió de su sitio, por más que los alumnos agitaban sus varitas y pronunciaban las palabras. Sobre todo Ron Weasley, que agitaba tanto y con tanta fuerza su varita que pronto se la clavaría a alguien. Hermione Granger, que estaba a su lado, le habló. No pude oir lo que decían, pero por la cara de Ron, supe que lo había regañado. A continuación, Hermione hizo volar su pluma alto, muy alto, hasta el techo, y el profesor Flitwick se entusiasmó y aplaudió. Los demás seguimos intentándolo. Luce, que parecía que ya le había cogido el truco, hacía flotar su pluma un poco por encima de la mesa. La mía también levitaba un poco, pero enseguida se caía y tenía que volver a empezar. Entonces Luce agitó mucho su varita; la pluma salió disparada y me dio en el ojo. “¡Ay!” dije, y me quité la pluma. Entonces ella me intentó pedir perdón, pero se estaba ahogando de la risa. Iba a decirle un par de cosas cuando se oyó una explosión al otro lado de la clase: un chico había hecho explotar su pluma, y tenía toda la cara negra de la ceniza. El pobre tenía una expresión de desconcierto increíble. Harry Potter, que estaba sentado a su lado, tuvo que pedir otra pluma para el chico. La clase transcurrió sin más accidentes, y cuando acabó, Luce y yo nos dirigimos a la salida. Justo entonces oímos unas voces que discutían en el pasillo. Curiosas, nos acercamos para ver cuál era el motivo de la pelea cuando oímos a una voz que arrastraba las palabras:
- ...patético, Finnigan. Ha sido patético.
- ¡Cállate Malfoy! ¡Déjame en paz!
- ¿O qué?
Malfoy se estaba metiendo con alguien, para variar. Aunque a diferencia de otras veces, iba sólo. Su nueva víctima era el chico que había hecho explotar la pluma durante la clase.
- Mira, Malfoy, si no te largas...
- ¿Qué? ¿Vas a hacerme explotar?
Miré a Luce y supe que iba a intervenir. Decidí que lo mejor sería no meterme.
- Eso es exactamente lo que me gustaría que hiciera, Malfoy. El mundo sería un lugar mejor sin tu irritante presencia.
- ¡Oh, ya está aquí la heroína de la escuela! ¡La defensora de todos los idiotas! ¡La metomentodo oficial! ¡Brooks! –dijo, gesticulando exageradamente.
- ¿Qué pasa, Malfoy? ¿Sino te metes con alguien no eres feliz? ¿Necesitas amargarle la vida a los demás para sentirte mejor? Lo que me extraña es que no estés acompañado de tus dos gorilas para que te protejan. No sabía que eras tan valiente...
- Muy graciosa, Brooks, aunque no tanto como Finnigan –señaló al chico-. Él sí es un payaso.
Aquello ya fue demasiado. ¿Por qué no dejaba en paz al pobre chaval?
- ¡Déjalo en paz! –le dije, furiosa.
- Nadie ha pedido tu opinión, asquerosa sangre sucia.
- ¡No la llames sangresucia! –dijeron Luce y el chico al unísono, y se lanzaron a por Malfoy, que gritó y echó a correr. Luce hizo ademán de perseguirlo, pero la cogí por el hombró y negué con la cabeza.
- Gracias –dijo entonces el chico-. Muchas gracias, de verdad. Me llamo Seamus Finnigan.
- Yo soy Jane Hemsthrow –le sonreí- y ella Luce Brooks –Luce hizo un gesto de saludo con la mano y sonrió también-.
- Pues gracias por defenderme. A las dos –dijo mirándome-. Aunque la verdad que Malfoy tiene razón –dijo bajando la cabeza-. He quedado fatal en clase...
- Oh, vamos –dije, tratando de consolarlo-. Es normal, era la primera clase. Todos lo hemos hecho un poco mal. Luce por ejemplo me ha clavado la pluma en un ojo... –dije, mirándola.
Ella empezó a reírse otra vez, y al final los tres acabamos riendo. Entonces, nos fuimos juntos a la siguiente clase, que era Vuelo, con la profesora Hooch. Salimos fuera y allí estaba Madame Hooch, entre dos filas de escobas perfectamente colocadas.
- Bienvenidos a clase de vuelo –dijo la profesora-. ¿Bueno, a qué esperáis? Todo el mundo al lado izquierdo de su escoba. ¡Vamos, daos prisa! –los alumnos se apresuraron a hacer lo que ordenaba-. Extended la mano sobre la escoba y decid ¡arriba!
- ¡ARRIBA! –dijo la clase entera al unísono. Algunos alumnos como Harry Potter y Draco Malfoy –ese idiota- consiguieron que su escoba volase rápidamente hasta su mano a la primera, aunque la mayoría no consiguió nada. Algunos hicieron que su escoba se revolviese en el suelo, sin elevarse ni un palmo. Y otros, como Ron Weasley, lo único que consiguieron fue que la escoba les golpease en la cara.
Yo lo conseguí al tercer intento. Satisfecha, miré a Luce para ver si lo había conseguido ella también. Decía “¡arriba!” con voz suave una y otra vez. Entonces, visiblemente cansada de aquello, entrecerró los ojos y gritó “¡ARRIBA, YA!” tan fuerte que los que estaban a su lado dieron un respingo. La escoba voló hasta su mano y ella, satisfecha, sonrió. Cada vez eran menos las escobas que se agitaban en el suelo. Cuando todos tuvieron ya su escoba, la profesora Hooch nos dijo que nos montáramos en ella con cuidado de no resbalarnos. Iba a contar hasta tres, y entonces nosotros debíamos dar una patada en el suelo y elevarnos; pero un chico dio la patada antes de tiempo y empezó a volar, sin control, a nuestro alrededor. Nos agachamos justo a tiempo y pasó rozando nuestras cabezas; entonces subió hasta una de las torres del castillo y allí se enganchó con la lanza de una de las estatuas. Pero su túnica se desgarró, y siguió cayendo hasta volver a engancharse con otro gancho que sobresalía del muro, a poca distancia del suelo. Entonces su túnica se le salió y el pobre chico cayó al suelo.
La profesora fue corriendo hasta él, y lo llevó a la enfermería. Ordenó que nadie montara en su escoba mientras ella no estaba, pero Malfoy, cómo no, debía llamar la atención y ser malo –eso lo hacía sentir especial; así que cogió una recordadora, que se le había caído al chico mientras volaba descontrolado, y se elevó con su escoba en el aire. El muy canalla volaba bastante bien. Pero entonces Harry Potter se elevó también en su escoba para recuperar la recordadora. Malfoy la lanzó lejos, pero Harry, con un giro de su escoba, voló rápidamente hasta recuperar la recordadora y se posó en el suelo ágilmente. Todos aplaudimos, pero entonces vino la profesora McGonagall, nuestra profesora de transformaciones, y le pidió que la acompañara. Seguro que lo iba a castigar por haber desobedecido a la profesora Hooch. ¡Y todo por culpa de Malfoy!
Cuando la profesora McGonagall se fue, Luce me confesó que estaba tentada de subir a Malfoy  a un árbol (con el hechizo que habíamos aprendido, Wingardium Leviosa) y usarlo como una piñata. Sin embargo, se contentó con darle un par de escobazos en la cabeza y escabullirse antes de que Malfoy tuviera tiempo de darse cuenta de quién había sido. Luego le di yo un par más, por si acaso, y entonces se puso como un loco y empezó a gritar que encontraría al culpable. Comenzó a interrogar a todo el mundo, hasta que alguien usó una escoba como zancadilla y él cayó al suelo. Me parece que fue Seamus. En cualquier caso, cuando la profesora Hooch volvió, nos encontró a Luce y a mí tiradas en el suelo, con los ojos llenos de lágrimas de risa.”

- Ése día tuvimos varias clases más, pero ésas fueron las que mejor recuerdo. Desde luego, en los siguientes días ocurrieron muchas más cosas, pero eso ya os lo contaré otro día. Por ahora, contentaos con saber que ése fue nuestro primer día; el principio de la aventura.

No hay comentarios:

Publicar un comentario