jueves, 1 de marzo de 2012

CAPÍTULO 2

- ¡Pero no nos dejes así! –dijo uno de los niños.
- ¡Eso, eso! –corearon los demás.
- Bueno... pero os cuento otra historia y os vais todos a la cama, que ya es tarde.
- ¿Nosotros podemos quedarnos a dormir? –preguntaron algunos de los niños.
- ¿Qué? ¡No, de eso nada! Cada uno a su casa.
- Jooooo... –hubo un murmullo de decepción general.
- ¿Qué queréis? ¿Qué deje que se queden diez niños en mi casa a dormir?
- ¡¡¡Sííííí!!!
- Pues no. La última historia de esta noche, ¿de acuerdo? Mañana continuaremos.
- Vale...

Cruzamos el lago en medio de la noche. Mientras llegábamos al otro extremo, el hombre gigante, que se llamaba Hagrid, nos dijo que en el fondo del lago vivía un calamar gigante.
- Pero tranquilos –dijo al ver nuestras caras de preocupación- el calamar gigante no suele atacar. Creo que hace unos veinte años que no ahoga a nadie...
Eso, lejos de tranquilizarnos, nos asustó aún más. En mi barca, varios niños se apretujaron unos contra otros en el centro de la embarcación, temiendo que el calamar gigante saliera del lago de un momento a otro y se los comiera. Sin embargo, y para sorpresa de todos, llegamos sanos y salvos a la otra orilla. Bajamos de las barcas, y Hagrid nos condujo hasta el castillo. Subimos unas escaleras y esperamos en un rellano, frente a unas gigantescas puertas. Malfoy se acercó a un chico con gafas y le dijo que él podría ayudarle a algo que no conseguí escuchar, pues estaba demasiado absorta en lo que había dicho antes. El nombre de aquel chico con gafas ¡era Harry Potter!
- ¡Harry Potter! –susurré, atónita-. Dios mío, es increíble... ¡es Harry Potter!
- ¿Harry Potter? –susurró también Jane-. ¿Él Niño que Sobrevivió?
- ¡La única persona que ha vencido a Quien-tú-sabes! ¡Y siendo tan sólo un bebé!
- ¡Esto es increíble!
Todas las miradas estaban posadas en él; estaba claro que todos estaban tan asombrados como nosotras. Ahora Malfoy hablaba también con un chico pelirrojo que parecía ser amigo de Harry Potter. Por la cara que estaban poniendo, Malfoy tampoco estaba siendo muy agradable con ellos. Entonces, Malfoy le tendió la mano a Harry Potter. Él lo miró con desagrado y la rechazó, diciendo algo que no logré escuchar; demasiada gente se había colocado delante nuestra para poder ver mejor al Niño que Sobrevivió. Entonces, llegó una mujer que debía tener unos cincuenta años. Tenía el pelo marrón, canoso, recogido en un moño, y sus ojos azules miraban de una forma muy estricta que dejaba claro que estaba acostumbrada a que la obedecieran. Sin embargo, no parecía alguien a quien se le deba tener miedo. Sólo respeto.
Las puertas se abrieron y mostraron un gran comedor, en el cual habían cuatro grandes mesas, llenas de alumnos, que ocupaban la mayor parte de la sala. Al fondo había otra mesa, más pequeña, en la que estaban sentados unos adultos; debían de ser los profesores. El techo, que mostraba un oscuro cielo estrellado como el que había fuera, estaba iluminado por miles de velas que flotaban en el aire. Todos nos quedamos mudos. ¡Aquello era fantástico! Entonces la mujer, que llevaba un taburete y un sombrero raído y viejo en la mano, nos guió –en fila- por el centro del comedor hasta que llegó frente a la mesa de los profesores. Entonces, dejó el taburete en el suelo y puso encima el sombrero. Sacó un pergamino y empezó a nombrar a los alumnos de primero, de uno en uno. El alumno nombrado se acercaba al taburete y la mujer le ponía el sombrero en la cabeza. El sombrero, que se llamaba Sombrero Seleccionador, decía a qué casa pertenecía cada alumno.
- ¡Brooks, Luce! –dijo la mujer.
Cuando pronunció mi nombre, me quedé helada. Estaba tan nerviosa que por unos segundos me quedé clavada en el sitio, sin poder moverme. Empecé a caminar lentamente hacia el taburete. Mi corazón latía tan fuerte que me dio miedo que todo el mundo lo estuviese escuchando. Mi estómago estaba tan revuelto que pensé que de un momento a otro iba a ponerme a vomitar. Todo el mundo me miraba. Yo recé para que el Sombrero Seleccionador me pusiese en Gryffindor; al fin y al cabo mis padres habían pertenecido a esa casa. Mi abuela, sin embargo, había pertenecido a Ravenclaw; ella quería que yo fuera a esa casa, como ella. Lo único de lo que yo estaba segura era de que no quería estar en Slytherin; mis padres me habían dicho que la mayoría en esa casa acababan convertidos en mortífagos.
Me senté en el taburete y la mujer me puso el Sombrero Seleccionador en la cabeza. Al cabo de unos segundos, el Sombrero gritó “¡Gryffindor!”. Yo respiré, aliviada, y muy contenta y con una gran sonrisa en la cara, me dirigí a la mesa de Gryffindor, donde todos los alumnos me aplaudieron. Cuando fue el turno de Jane, yo crucé los dedos para que también fuera una Gryffindor; no quería separarme de mi amiga. Por suerte, ella también cenó en nuestra mesa aquella noche, al igual que Harry Potter y su amigo pelirrojo, que se llamaba Ronald Weasley.
La mujer que había traído el Sombrero Seleccionador resultó ser la profesora de transformaciones, Minerva McGonagall. Cuando acabó la selección, y todos los alumnos se hubieron sentado a sus respectivas mesas, el director pronunció un discurso de bienvenida y luego todos nos abalanzamos sobre la cena, que apareció mágicamente en unos platos dorados. Cuando todo el mundo estaba ya lleno, la cena desapareció y en su lugar aparecieron unos postres de aspecto delicioso.
- No puedo comer más –dije- ¡pero haré un esfuerzo!
Al acabar la cena, unos alumnos mayores que se hacían llamar prefectos nos condujeron a nuestros dormitorios. Para llegar a la sala común de Gryffindor, había que subir muchas escaleras. Por el camino, varios cuadros que habían en las paredes nos dieron la bienvenida. Un par de veces tuvimos que esperar a que llegara alguna escalera; éstas se movían de vez en cuando, y en ocasiones no podíamos seguir avanzando porque la escalera que debía conducirnos hasta la torre no estaba en su lugar. Al final, llegamos hasta una pared sin salida, donde estaba colgado el retrato de una mujer muy gorda. Pensé que nos habíamos equivocado, pero entonces el prefecto –que se llamaba Percy y que resultó ser hermano de Ron Weasley- pronunció una contraseña y la mujer del retrato nos dejó pasar.
La pared se abrió y dio paso a una sala amplia y confortable. Había una chimenea que caldeaba la habitación, y junto al fuego había unos sillones y una mesa. Al otro lado de la sala había un tablón de anuncios, junto a una ventana. El suelo estaba cubierto por una alfombra que parecía muy mullida. Varios alumnos estaban ya allí, charlando. Al fondo, había unas escaleras por donde se subía a los dormitorios.
Las chicas nos fuimos por un lado y los chicos por otro. Varios alumnos quisieron mudarse, pero los prefectos no los dejaron. Subimos las escaleras y llegamos hasta una puerta. La abrimos, y apareció una habitación en la que había cinco camas con dosel. Eran de madera, y parecían muy antiguas. Unas cortinas de color rojo las cubrían a ambos lados. Al lado de cada cama, estaba una mesita de noche. Una gran ventana a un lado de la habitación dejaba pasar la tenue luz de la luna.
Las maletas ya estaban allí. Mi gato, que había estado tumbado sobre una cama, se incorporó de un salto cuando entré y se lanzó a por mí, en busca de mimos. Lo acaricié un poco y me puse a deshacer mi equipaje. Las otras chicas hicieron lo mismo. Mientras estábamos en ello, estuvimos hablando un rato. Aparte de con Jane, compartía habitación con otras tres chicas más: Hermione Granger, Lavender Brown y Parvati Patil. Parecían simpáticas. Al cabo de un rato, nos acostamos.
Yo tardé bastante en dormirme. La emoción del día aún me tenía en tensión. Por mi cabeza no paraban de pasar imágines de lo sucedido en las últimas veinticuatro horas. La felicidad que me embargaba era tal que pronto me di cuenta de que estaba sonriendo como una tonta, sin ningún motivo. Al cabo de lo que me pareció una eternidad, mis ojos se cerraron y mi mente dejó de pensar por fin.
Así acababa lo que sería el principio de un año lleno de magia. ”

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