- ¿Qué es este griterío? ¡No son horas! –un hombre ataviado con una bata de cuadros escoceses y zapatillas de casa verdes bajó por la escalera, malhumorado. Llevaba el pelo alborotado, y el bigote despeinado, como si se acabara de levantar. Parecía cansado-. ¡Sólo son las...! ¿Qué hacen todos estos niños en casa? –frenó en seco, con un pie en cada escalón, y miró a todos los niños desconcertado, como preguntándose si aún estaría soñando.
- Nada, cariño, es que han venido a que siguiéramos contándoles nuestras aventuras de cuando éramos pequeños –dijo Luce.
- Bien, bueno, si no me parece mal, pero... ¿Era necesario tan temprano? ¿No podían haber venido por la tarde? Es que me habéis despertado...
- ¡Eso mismo digo yo, pero tus hijos han avisado a todos los demás para que vinieran aquí a las nueve! –Luce miró a dos de los niños con cara de reproche-. Ah, y lo siento si te hemos despertado, es que hemos tenido un pequeño... desacuerdo.
- Vamos, que te ha sentado mal algo y te has puesto a lanzar maleficios a todo lo que se te ha puesto por delante, ¿no? –dijo, dándole un beso a su mujer.
- ¡No, claro que no! A todo no, sólo a un par de cosas... –dijo ella, sonriendo.
- Ajá. Bueno, creo que necesito algo antes de que me quede durmiendo. ¡Winky, tráeme un café por favor!
Al instante, Winky apareció con una taza de humeante café en las manos. Se la dio al hombre con la bata de estar por casa, que se dejó caer en la silla con aspecto soñoliento.
- Bueno, ahora que estás aquí, ¿te vas a quedar a escuchar la historia? –dijo Jane.
- Bueno... ¿Salgo yo?
- ¿Qué pregunta es esa? ¡Pues claro que sí!
- ¿Y cuentas todo exactamente como pasó?
- ¡Hasta el último detalle!
- Por las barbas de Merlín, veremos a ver lo que decís de mí...
- Pues la verdad y sólo la verdad –dijo Jane, con tono solemne.
- Lo estás arreglando...
- ¡Venga, deja ya de lamentarte! Que voy a empezar a contar la historia –dijo Luce.
Ya había pasado un mes desde que llegamos a Hogwarts. Los profesores ya habían empezado a trabajar en serio, y nos ponían bastantes deberes. Yo solía sacar “ S ” en la mayoría, aunque en Historia de la Magia reconozco que a veces no pasaba del aceptable.
Herbología tampoco era mi fuerte: recuerdo que un día, mientras la profesora Sprout nos enseñaba a distinguir una flor voladora de un lazo del diablo, éste me agarró por el cuello e intentó estrangularme. Presa del pánico, no podía recordar el hechizo que neutralizaba a la planta, así que comencé a clavarle mi varita con todas mis fuerzas (aunque no sirvió de nada). Tampoco podía gritar, porque la planta me estaba asfixiando; menos mal que Hermione se dio cuenta y realizó un hechizo de luz –Lumos- y la planta me soltó. Ése no fue un buen día.
Por fin llegó el final de las clases del día y los cuatro nos dirigíamos fuera para tomar un poco de aire fresco después de un agotador día. Yo iba tarareando distraída una canción muy pegadiza de un grupo que últimamente estaba arrasando, “Las brujas de Macbeth”, cuando en ese instante, Malfoy apareció seguido de sus dos guardaespaldas personales. Yo traté de ignorarle y seguí tarareando aún más fuerte, pero eso sólo le dio una excusa para meterse conmigo.
- ¿Sabes, Brooks? Toda mi vida me he preguntado porqué llueve tanto en Londres. Ahora lo entiendo: es culpa tuya, por cantar.
Yo al principio no lo entendí, pero luego caí en la cuenta de que era una indirecta sobre lo mal que cantaba (aunque yo cantaba muy bien, por supuesto). Pero decidí no pelearme con él; lo mejor sería liarlo para que al final se perdiera y no supiera cómo contestarme.
- Oh, vamos, Malfoy, no seas tonto, yo no controlo la naturaleza… todavía no…
- No me refiero a eso; digo que cuando te oyen cantar, las nubes lloran.
- Oh, sí, lágrimas de alegría, me pasa a menudo, ¿sabes? La gente nunca ha oído un canto tan angelical y claro, al escucharme, pues se emocionan.
- ¡¿Qué?! ¡No me refiero a eso! ¡Lloran de tristeza!
- Claro, están tristes porque nunca podrán conocerme en persona… hasta que controle la naturaleza, claro; entonces arreglaré eso y las nubes no estarán tristes nunca más porque les daré un autógrafo mío.
- ¡NO ME REFIERO A ESO! ¡Las nubes lloran porque les parece que cantas fatal!
- ¿Qué? Malfoy, Malfoy, las nubes no tienen sentimientos, no son seres vivos… -le revolví el pelo como se le hace a los niños pequeños cuando no entienden algo-. Hasta un trol sabe eso… ¿Eres más tonto que un trol? –él abrió la boca para decir algo, pero yo me adelanté-. No, no digas nada, ya sé que sí, no hace falta que me lo digas.
Y dicho esto me marché, dejándolo con la palabra en la boca y con cara de idiota (o bueno, dejándolo con su cara normal, que para el caso es lo mismo). Los demás me siguieron, tratando de aguantar la risa, no fuera que Malfoy aún tuviera ganas de discutir. La verdad es que yo ya me estaba acostumbrando a pelear con él; se había convertido en una rutina diaria, como lavarme los dientes o dar de comer a mi gato. Un día en el que no habíamos discutido, aunque fueran unas simples palabras sueltas o unas miradas de odio, resultaba casi extraño.
El caso es que era uno de esos extraños días en los que Malfoy no había hecho rabiar a nadie –que yo supiera, claro- y Jane y yo estábamos descansando después de acabar los deberes.
- ¿Me acompañas al baño? –me preguntó Jane.
- ¿Al baño, ahora? ¿Para qué?
- ¡Para colgar algún cuadro en las paredes, no te fastidia!
- Jajajaja –no pude evitar reírme al ver la cara que puso mi amiga-. Venga, va, te acompaño.
Jane acababa de terminar de “colgar los cuadros” en el baño cuando Hermione irrumpió en él, corriendo, y se fue directa a uno de los baños sin mirarnos siquiera. Se encerró en él, y Jane y yo oímos cómo lloraba. Intentamos sacarla de ahí, pero no hubo forma, y tampoco pudimos tranquilizarla.
- Vamos, Hermione, tranquila... ¿Qué ha pasado? –le dije, pero como seguía llorando y no contestó, intenté consolarla como pude-. Vamos, vamos... seguro que no ha sido para tanto...
- Venga, Hermione... Dinos qué te ha pasado, a lo mejor podemos ayudarte... –dijo Jane, aunque por respuesta sólo obtuvo algunos sollozos ininteligibles. Las únicas palabras que entendimos fueron “Weasley” y “pesadilla”.
- Hermione, venga...
- ¡Dejadme sola! –gritó ella, y siguió llorando.
Pasados quince minutos, como no conseguíamos nada y ya habíamos intentado por todos los medios entrar en el baño, pensamos que lo mejor sería dejarla sola. Así que nos fuimos, preocupadas por lo que había podido pasarle, al Gran Comedor, porque ya era la hora de cenar.
Yo estaba dando los últimos bocados a un muslo de pollo cuando Harry Potter y Ron Weasley se sentaron a nuestro lado.
- Chicas, disculpad... –dijo Harry Potter. A mí la comida casi se me cayó de la boca-. Vosotras conocéis a Hermione Granger, ¿verdad?
- Eh.. fí, la cobofemos... digo sí, la conocemos –dije tragando la comida-. ¿Por qué lo preguntas?
- Es que tengo que decirle una cosa –dijo Ron Weasley-. Bueno, más bien disculparme por algo que le he dicho.
- ¿Así que fuiste tú? Hermione está en el baño, llorando. ¿Qué le has dicho?
- Yo nada... Es que me ha oído hablar y pues...
Pero en ese momento el profesor Quirrel entró corriendo en el Gran Comedor con cara de espanto y gritó:
- ¡Troooool! ¡Trol en las mazmorras! Pensé que deberías saberlo –y a continuación se desmayó-.
Entonces, el Gran Comedor se sumió en el caos. Todos los alumnos nos levantamos de nuestras mesas y comenzamos a chillar, aterrados. Muchos platos se volcaron y esparcieron los restos de comida por el suelo, pero nadie se dio cuenta porque todos estaban demasiado ocupados volviéndose histéricos y gritando y corriendo por la sala. Pero entonces, Dumbledore pidió silencio, y cuando todos nos hubimos callado, ordenó a los prefectos que nos llevaran a nuestras habitaciones. Subimos, espantados, y una vez en la sala común, hablando con Jane, Seamus y Neville, caí en la cuenta de que Hermione seguía en el baño. Y aunque buscamos a Harry Potter y a Ron Weasley por todas partes, no conseguimos encontrarlos. Tratamos de avisar a los prefectos, pero ellos estaban demasiado ocupados para prestarnos atención, así que tuvimos que sentarnos a esperar, mientras cientos de pensamientos horribles cruzaban nuestras mentes. Sobre todo la mía, en la que ya veía al trol comiéndose a los tres chicos, o arrancándoles la cabeza con el garrote, o... Bueno, no quiero entrar en detalles.
- Ahora entiendo por qué mi madre no quiso llevarnos a la feria de los trolls que se celebró hace poco en Yorkshire... –dijo un niño pelirrojo-.
- ¡¿Cómo?! ¿Ha habido una feria de TROLLS y no hemos ido? ¡Mamá! ¡Cómo no nos llevas! –dijo otro niño, este rubio.
- ¡No voy a llevar a mi hijo a una feria donde hay trolls! ¿No sabes lo peligrosos que son? Aparte de idiotas, sucios y desagradables, claro. –dijo Luce.
- ¡Pero si son súper guays...!
- ¿Guays, dices? Sigue escuchando la historia y verás como no te parecen tan guays...
El caso es que después de un amargo y desquiciante rato, la profesora McGonagall apareció en la Sala Común con Hermione, Ron y Harry, sanos y salvos; aunque, eso sí, más pálidos que los fantasmas del castillo. Sin decirse nada entre ellos, Harry y Ron se fueron hacia un rincón y Hermione se acercó a nosotros, cabizbaja.
- ¡Hermione! ¡Por las barbas de Merlín, qué susto nos has dado! ¡Ya nos imaginábamos lo peor! –corrí a abrazarla, y todos los demás me imitaron.
Después de una calurosa bienvenida, y de comentarios del tipo “Creíamos que no te volveríamos a ver viva” –por parte de Jane-, la dejamos respirar un poco. Pero enseguida nos volvimos a abalanzar sobre ella como vampiros a la sangre, para que nos contara exactamente lo sucedido.
- Pues... el caso es que bueno, ya sabéis, estaba llorando en el baño... y entonces salí y vi a un trol inmenso y repugnante con un garrote enorme. Entonces se lazó a atacarme y... y... si no llegan a venir Harry y Ron a rescatarme... bueno, no estaría aquí.
- ¿Vinieron a rescatarte? ¿En serio? ¡Qué monos! –dije yo.
- Pero... ¿cómo lo hicieron? Derrotar a un trol gigante de tres metros, bueno... ya sé que es el Niño que Sobrevivió y todo eso, pero no sé... –dijo Seamus.
- Bueno, pues... la verdad es que fue Ron el que lo consiguió, ¿sabéis? El trol cogió a Harry y empezó a zarandearlo y a intentar darle con su garrote, pero entonces Ron consiguió por fin hacer el encantamiento levitador, ¡y le dio al trol con su propio garrote en toda la cabeza! Entonces se cayó al suelo y rompió los pocos lavabos que no había destrozado antes.
- ¡Oh, debes de estar muy asustada! –dijo Neville.
- Sí... bueno, creo que debería ir a darles las gracias... –y tras esto Hermione se fue.
- Pues a mí me siguen pareciendo muy guays...
- ¡No vas a ir a una feria de trolls y punto!
- Pero... ¡Papá di algo!
- ¿Yo? Yo... estoy de acuerdo con tu madre... no puedes ir a una feria de trolls –Luce sonrió satisfecha, pero entonces el hombre se acercó a su hijo y le susurró, de forma que nadie más los oyera: -. Pero a la siguiente te prometo que vamos.
- ¿Qué susurráis por ahí?
- Nada, nada. Sólo le decía que no tiene que discutirte, cariño. Que eso está mal.
- Ya, seguro. Sí ya veo la cara de arrepentimiento que lleva el niño.
Éste sonrió como quien nunca ha roto un plato, y Luce suspiró y continuó.
Bueno, el caso es que a partir de entonces, Hermione iba mucho con Harry y Ron. Se hicieron muy amigos, y Hermione hasta nos los presentó una vez. Pero eso ya es otra historia.
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