jueves, 22 de marzo de 2012

CAPÍTULO 4

- ¡Cuéntanos algo más, porfa!
- ¡Sí, eso!
- ¡Sí!
- ¡Sí!
- ¡Haber, tranquilidad! Jane, anda, cuenta algo más mientras yo hago otras dos tazas de café –dijo Luce.
- ¡No señora, ya va Winky! ¡Usted no se levante! –dijo la elfina, con vocecilla chillona.
- Da igual Winky, si no me...
- ¡No, no y no! Winky no sería una buena elfina doméstica –Winky sentó a Luce, que ya estaba de pie, en la silla y salió corriendo.
- En fin... si no hay otro remedio... –dijo Jane con un bostezo.

Acabábamos de salir de clase de pociones. El profesor, Snape, daba miedo. Sobre todo cuando Seamus hizo estallar su poción y él le dirigió una mirada que lo podría haber matado. Yo por mi parte había descubierto que Historia de la Magia no iba a ser la única clase con la que tendría dificultades para aprobar. Yo ya me estaba empezando a acostumbrar a que Seamus hiciera estallar casi todo lo que tocaba. Luce, por su parte, creo que también se dio cuenta, y advertí que siempre solía insinuar que yo me pusiera en medio de los dos.
Los días pasaban. Luce, Seamus y yo solíamos ir juntos a todas partes. Hermione venía con nosotros a veces, aunque pasaba la mayor parte del tiempo en la biblioteca. Era muy maja, pero estaba un pelín obsesionada con los estudios.
Un día, cuando acabábamos de salir de clase de Defensa Contra las Artes Oscuras, impartida por el profesor Quirrel (que tartamudeaba un poco al hablar y que llevaba un enorme turbante en la cabeza –algunos alumnos sospechaban que era para ocultar su calvicie-.) íbamos hablando por el pasillo los tres. En ese momento, noté cómo algo chocaba contra mí y cómo me caía. Al levantar la vista, vi que el chico que se había estampado conmigo también había caído de bruces al suelo. Él gemía, y yo, asustada por si se había hecho daño, acudí a levantarlo. Luce y Seamus me ayudaron, y cuando el chico estuvo en pie, nos dimos cuenta de que era Neville Longbottom, el que había tenido que ir a la enfermería en la primera clase de vuelo.
- ¿Estás bien? –le pregunté-.
- Sí, sí... yo... siento haberte empujado, y eso...
- No pasa nada, ha sido un accidente.
- Yo... es que iba... al comedor... y...
- Y nosotros –dijo Luce-. ¿Quieres que te acompañemos?
- Bueno...
Fuimos al Gran Comedor para comer, y nos sentamos con Neville. Al principio estaba un poco cortado, pero luego empezó a tomar confianza y empezó a hablar con nosotros de una forma más natural. Nos estaba contando cómo había encontrado a su sapo Trevor dentro de su caldero de pociones cuando aparecieron Harry Potter y Ron Weasley.
- ¡Oh Dios! –dije con admiración-. ¡Es Harry Potter!
- ¡No grites! –me reprendió Seamus-. Deja de actuar como una loca. Todos nos están mirando...
Pero ya era demasiado tarde. Luce y yo estábamos absortas en una conversación:
- ¿No es genial?
- Debe de tener superpoderes o algo...
- ¡Sí! ¿Cómo derrotaría a Quien-tú-sabes?
- ¿Cómo crees que será?
- A mí me parece muy simpático.
- Y muy mono.
- Y muy inteligente.
- ¿Crees que le gustará el chocolate?
- Ni idea, ¿por?
- Estoy pensando en regalarle unos bombones...
- Oye, ¿te imaginas que se sientan con nosotras, aquí?
- IIIIIIIH!!!!! –las dos dimos un gritito histérico-.

- ¿Va en serio? ¿De verdad estabais tan... obsesionadas? –dijo uno de los niños.
- ¿Bromeas? ¡Yo tenía un póster suyo colgado en mi habitación! Claro que acabé sustituyéndolo por una foto con él... –dijo Luce.
- ¡Arréglalo!
- Mamá, ¿en serio os comportabais así?
- Bueno, reconozco que nuestro comportamiento era un poco... estúpido. ¡Pero eso no tiene nada que ver con la historia! Así que sigo.

- Chicas, tranquilizaos, nosotros dormimos en la misma habitación que él y no es para tanto, ¿verdad, Neville? –dijo Seamus.
Qué mal hizo diciendo aquello...
- ¡¿En serio?! –la voz de Luce era histérica-. ¿Puedes presentárnoslo? ¿Por favor? ¡POR FAVOR!
- ¡Y A MÍ TAMBIÉN! ¡YO TAMBIÉN TENGO DERECHO! –llegados a ese punto, muchos alumnos nos miraban, incluidos Harry y Ron, así que bajé la voz-. ¡Por favor, Seamus!
- Yo... bueno, tampoco es que seamos tan amigos... ni siquiera lo conozco mucho...
- ¡Da igual, eso bastará! ¿A que sí, Seamus? ¿A que nos lo vas a presentar?
- Eh... ¡Neville lo conoce mejor que yo! –dijo, seguramente temiendo que de un momento a otro nos abalanzáramos sobre él.
- ¡¿Qué?! ¡No, de eso nada! –dijo el pobre Neville, asustado, pero ya era demasiado tarde.
- ¡Neville! ¡¿Es verdad?! Bien, bien... ¿A qué hora quedamos?
- Pero... yo...
Justo en ese momento apareció Hermione.
- Uf, ya he venido de la biblioteca. ¡Qué hambre tengo! Eh... ¿qué me he perdido? –preguntó, al ver a Neville aterrado y a nosotras dos a punto de abalanzarnos sobre él.
- No mucho, sólo que Jane y Luce nos están acosando para que les presentemos a Harry Potter.
- ¿En serio? A mí no me parece muy simpático. Y su amigo Weasley tampoco. ¡Es incapaz de aceptar una crítica! Y es muy torpe, por cierto. – dijo Hermione, mirándolos de reojo.
- Venga, seguro que no es para tanto. A mí me parece muy majo –dije.
- Umm... –dijo ella, empezando a comer.
Después de comer, nos fuimos a la siguiente clase todos juntos. Porque a partir de ese día, Seamus, Luce, Neville y yo íbamos casi siempre juntos a todas partes.
El caso es que acabábamos de dar una clase de transformaciones, y como demostración la profesora McGonagall se había transformado en gato y había convertido a un alumno en una brújula. Nos enseñó cómo volver amarillos unos ratones, aunque sólo Hermione lo consiguió hacer. Seamus consiguió volver a su ratón negro de color gris, pero provocó un pequeño estallido y el ratón se asustó y escapó. Yo conseguí volver amarillo el pelo, pero no el de mi ratón, sino el de Luce. Antes de que ella supiera que había sido yo, grité “¡Malfoy! ¿Pero qué has hecho?” y me escondí bajo la mesa. El pobre se dio la vuelta, sin entender nada, pero enseguida tuvo que echar a correr, porque cuando Luce descubrió lo que le había pasado a su pelo comenzó a perseguirlo lanzándole todos los conjuros que sabía. El resultado fue que Neville quedó colgado boca abajo (por culpa de wingardium leviosa), la pluma de Hermione salió despedida y salpicó tinta por todas partes, el pelo de Malfoy adquirió un tono azulado y Luce se ganó una buena reprimenda por parte de la profesora McGonagall. Yo me sentía un poco culpable, la verdad, pero no me atreví a decir nada. Al fin y al cabo, no había sido tan grave, ¿no? Además, tampoco es que pasara nada porque se llevase Malfoy las culpas... No había hecho nada, vale, pero era mezquino, y además las situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas.
- ¡Con que fuiste TÚ! ¡Tú me pusiste el pelo de ese horrible color amarillo canario!
- Ups... Eh... pues sí, jeje... qué gracia, ¿eh?... jeje... je... ¡AAAAH! ¡SOCORROOOO!
- ¡AHORA VERÁS! –Luce agitó su varita y el pelo de Jane se puso de color verde vómito.
- ¡¿QUÉ LE HAS HECHO A MI PELO?!
- Si no te gusta lo puedo cambiar... –agitó su varita, y esta vez el pelo de Jane adquirió un color azul eléctrico.
- ¡Si quieres guerra la vas a tener! ¡Toma esta! –el pelo de Luce se volvió de color rosa, y ella chilló y empezó a lanzar conjuros a diestro y siniestro, y lo mismo hizo Jane.
- ¡PARAD! –chillaron los niños, unos minutos después. Uno de ellos tenía el pelo morado, otro de un color rosa chicle y un par lo tenían de color de verde.
- Oh, es verdad... ¡Hay que ver lo infantiles que somos! ¿Verdad, Luce?
- ¡MI CASA! ¡MIRA MI CASA! ¡OH DIOS, MIRA MI SOFÁ! ¡Y LA PARED! ¡¡¡Y LAS CORTINAS DE MI MADRE!!! –Luce, histérica, comenzó a devolver todas las cosas a su estado original. Aún llevaba el pelo a lunares rojos cuando arregló un jarrón que se había roto.
- Mi propia madre... ¡Qué clase de comportamiento es éste! ¡Y delante de nuestros invitados! Mamá, si te vuelves a portar así, no vamos a poder invitar a nadie a casa... –dijo uno de los niños, que solía ser rubio, aunque ahora tenía el pelo de color verde.
- ¡A mí no me...! ¡MI NIÑO! ¡¿Qué le ha pasado a tu bonito pelo?! Trae, yo lo arreglo... –con un movimiento de su varita, su pelo y el de los otros niños volvió a la normalidad.
- Ejem, bueno, si ya hemos acabado... Continúo con mi historia.
- ¡No hemos acabado este tema! Pero sigue, sigue, ya hablaremos luego, no es tan urgente... –dijo Luce al ver la cara que puso Jane.

Bueno, como iba diciendo, el caso es que acabábamos de dar una clase de transformaciones. Cuando salimos del aula, Seamus seguía intentando realizar el hechizo que habíamos estado practicando en transformaciones. Subimos a la sala común, y allí Seamus hizo estallar varios pergaminos de los deberes de un chico de quinto sin querer. Al chico no le hizo demasiada gracia, y si no llega a intervenir Percy Weasley, prefecto y hermano de Ron Weasley, probablemente Seamus habría acabado bastante mal, porque el chico empezó a gritarle y lo apuntó con su varita.
Cuando el chico se retiró a su habitación, muy indignado y lanzándole miradas asesinas al pobre Seamus, éste, que se había puesto pálido, comenzó a decir:
- Ahora me da miedo venir a la sala común... Si no llega a estar ese prefecto aquí, me habría hechizado. ¡Y seguro que lo vuelve a intentar cuando nadie nos vea!
- Vamos, Seamus, no creo que el chico te haga nada... –le dije, intentando consolarlo.
- Si es que soy un torpe... ¡Todo lo hago estallar!
- No te preocupes, yo tampoco soy muy bueno con los hechizos. ¡Seguro que al final de curso seremos unos magos impresionantes! –dijo Neville.
- Y además, tan poco has hecho tan mal el hechizo –dijo Luce-. Al fin y al cabo, los trozos de pergamino se han puesto de color amarillo...
Esto valió las risas de todos, incluida la de Seamus, que se relajó un poco. Aunque, eso sí, siempre que veía a aquel chico, procuraba ponerse en el lado contrario de la sala, lo más alejado posible de él.

viernes, 9 de marzo de 2012

CAPÍTULO 3

- Bueno, ya está, ahora a la cama. Y vosotros siete tirando para casa… ¡Ah! Por cierto: cuándo lleguéis a casa decidle a vuestras madres que al final el sábado vamos a ir al Callejón Diagón.
- Vale. Hasta mañana. ¿Pero mañana seguís contándonos historias?
- Que sí, pesados, pero iros ya, que es tarde.
- Vale. ¡Hasta mañana!
- Y vosotros dos, a la cama – dijo Luce dirigiéndose a sus hijos.
- Jo mami, déjanos un poco más – dijeron los dos al unísono.
- Ni jo ni ja, a la cama. Ahora iré a daros un beso. ¡Y lavaros los dientes! – los niños subieron con una cara muy larga por la escalera hacia sus habitaciones.

AL DÍA SIGUIENTE…
- ¿Quién llama al timbre un Sábado a las 9:00 de la mañana? – dijo Luce levantándose de la cama, bajando las escaleras medio dormida y yendo con cara de pocos amigos hacia la puerta en la que hace unos instantes había sonado el timbre.
- Buenos días tía Luce – dijeron dos niños delante de la puerta. Jane estaba justo detrás, frotándose los ojos y bostezando.
- Pero chicos, ¿qué hacéis aquí tan temprano?
- Venimos a que sigáis contándonos las historias.
- ¿Pero no podíais haberos esperado un par de horitas más…? Ni siquiera mis hijos están levantados.
- Claro que sí, mamá – de repente salieron del salón dos niños, ya vestidos.
- Pero... ¡¿Y vosotros dos cuándo os habéis levantado?!
- Hace una hora. Les enviamos una lechuza para que vinieran rápidamente, que no hay tiempo que perder.
- ¡ESPERAD, ESPERAD! – de más allá de la puerta, llegaba el sonido de otras voces que cada vez se escuchaban más cerca. Eran cinco niños más que llegaron jadeando a casa de Luce - ¿Llegamos tarde?
- ¡No, llegáis pronto!
- Ah, bueno, entonces bien. Nos vamos acomodando.
- Pero, no pretenderéis que sigamos contándoos las historias ahora, ¿verdad?
- Porfi mami, ¡PORFI, PORFI, PORFI, PORFI, PORFI!
- Venga, ya que estamos aquí y ya me he desvelado, pues vamos a seguir contándoselo – dijo Jane con voz ronca debido a que se acababa de levantar.
- De acuerdo, pero esperad por lo menos que me vista.
(...)
- Bueno venga, sentaos en el sofá – dijo Luce entrando en el salón. Cogió una silla y se sentó al lado de Jane – mi cabeza va a estallar… ¿Y si empiezas tú mientras yo me tomo un café?
- Aquí lo tiene señora – dijo una vocecilla aguda. Winky apareció con una bandeja en las manos, en la cual había dos cafés – Uno para usted, y otro para el señor, que por cierto, ¿dónde está?
- Está durmiendo aún, no hace falta que lo despiertes.
- Pues entonces el café se le va a quedar frío… - dijo Winky con cara de decepción.
- No, no, no, ya me lo tomo yo, si no me importa, de verdad – dijo Jane.
- Jo mami, dame un poco de café, anda.
- ¡De eso nada, – le dijo Luce al niño – que luego me das la noche!
- ¡Bueno, empezad ya!
- Venga, empiezo – dijo Jane, empezando a narrar la siguiente historia.

“Al día siguiente me desperté en cuanto salió el sol. De todas maneras no había podido dormir bien aquella noche; estaba nerviosísima.
Cuando me levanté, Hermione, Lavender y Parvati, nuestras compañeras de habitación,  ya estaban listas. Luce, sin embargo, estaba aún tumbada en la cama y tapada hasta el cuello con la peluda manta.
- ¡Luce! – le grité al ver que no tenía ninguna intención de levantarse – Luce venga levántate, vamos a llegar tarde.
- Un ratito más… - dijo ella con voz ronca.
- No, levántate ya, anda…
Nos vestimos, nos aseamos y revisamos el horario de hoy. Y así, tras coger los libros y el material, las cinco abandonamos la habitación.
La primera clase era Historia de la Magia. Supongo que, al ser el primer día, tenía las expectativas muy altas… Yo pensaba que la clase sería algo así como una representación de la Historia, es decir, que si estudiábamos una guerra, el invento de un nuevo hechizo, el primer Tribunal de Magos, lo que fuese, el profesor haría que de su varita salieran figuras que lo representaran por la clase, o incluso que nos transportaría hasta el lugar de los hechos. Nada más lejos de la realidad… Pero pasó todo lo contario. El Profesor Binns, que era un fantasma, lo único que hacía era hablar y hablar y hablar…
Mi mente empezó a vagar lejos de allí. Estuve un buen rato pensando en qué nos aguardaría después de aquella clase. ¿Serían todas las demás igual de aburridas? Me fijé en la clase. La mayoría estaba recostada en sus respectivas mesas; algunos parecían dormir. Un par de alumnos se esforzaban por atender, pero más de uno cabeceaba. Una chica parecía muy entretenida viendo volar a una mosca que revoloteaba cerca de su cabeza. Nadie prestaba atención. Nadie, salvo una chica que se sentaba junto a mí y que no paraba de apuntar todo lo que profesor decía. Era Hermione Granger, una de mis compañeras de habitación. No hacía más que mojar la pluma en tinta y rellenar el pergamino. Asombrada, se lo dije a Luce y ella, tras abrir los ojos y restregárselos, quedó tan impresionada como yo y le dijo, reprimiendo un bostezo:
- Eh… Hermione… ¿Para que apuntas todo eso, si el profesor no ha dicho nada…? Y además es la primera clase, creo que no hace falta.
- ¿Y si sale en el examen? Tengo que estar preparada… Ya me he estudiado los cuatro primeros temas del libro pero también tengo que asegurarme de saberme bien las explicaciones del profesor.
La cara que puso Luce fue épica; “yo ni siquiera he abierto el libro aún” murmuró. Cuando terminó la clase, Luce y yo salimos y miramos el horario de las asignaturas: tocaba encantamientos. “Espero que la clase sea más entretenida, o si no voy a recuperar las horas de sueño que no he dormido esta noche” pensé.
Entramos al aula. Había unos pocos alumnos ya allí. Miré alrededor, por si el profesor ya había llegado, pero no vi a nadie, tan sólo una pluma en cada mesa. Pasados unos minutos, como no parecía que el profesor fuera a venir, la mayoría de los alumnos que estábamos allí empezamos a hablar con los compañeros. Cada vez había más ruido, pues cada vez se unían má7s personas a la conversación. Cuando toda la clase empezó a gritar, empezó a oirse una especie de tosecilla aguda, pero se amortiguaba por el griterío y no coseguí saber qué era. Entonces, un hombrecillo con una barba blanca salió de detrás de la mesa del profesor. Era tan bajito que apenas llegaba a la cintura a los alumnos más pequeños. El hombrecillo agitó su varita y una pila de libros se amontonó junto a la mesa. Se subió a ella, consiguiendo tener ya la altura de un alumno –eso sí, un alumno bajito- y volvió a emitir esa tosecilla. Como nadie le hacía caso, dijo “¡Silencio!” pero nadie reparó en él. Entonces volvió a agitar su varita y gritó “¡Quietus!”, y al instante todos enmudecimos. Comprobé con horror que no podía hablar, al igual que todos mis compañeros. Entonces el hombrecillo asintió, satisfecho, y dijo “¡Sonorus!” y todos recuperamos la voz. Aliviados, pero un poco intimidados, nos limitamos a observarle. Él sonrió y dijo, con una vocecilla aguda:
- ¡Bienvenidos a clase de encantamientos! Yo soy el profesor Flitwick.
Un murmullo se  extendió por la clase, pero al ver que el profesor movía su varita, todos callamos al instante, con miedo de volver a enmudecer. Entonces, dijo:
- Para la primera clase os voy a enseñar el encantamiento levitador. Vamos, agitad vuestra varita y decid Wingardium Leviosa.
“¡Wingardium Leviosa!” dijimos todos a la vez. Ninguna pluma se movió de su sitio, por más que los alumnos agitaban sus varitas y pronunciaban las palabras. Sobre todo Ron Weasley, que agitaba tanto y con tanta fuerza su varita que pronto se la clavaría a alguien. Hermione Granger, que estaba a su lado, le habló. No pude oir lo que decían, pero por la cara de Ron, supe que lo había regañado. A continuación, Hermione hizo volar su pluma alto, muy alto, hasta el techo, y el profesor Flitwick se entusiasmó y aplaudió. Los demás seguimos intentándolo. Luce, que parecía que ya le había cogido el truco, hacía flotar su pluma un poco por encima de la mesa. La mía también levitaba un poco, pero enseguida se caía y tenía que volver a empezar. Entonces Luce agitó mucho su varita; la pluma salió disparada y me dio en el ojo. “¡Ay!” dije, y me quité la pluma. Entonces ella me intentó pedir perdón, pero se estaba ahogando de la risa. Iba a decirle un par de cosas cuando se oyó una explosión al otro lado de la clase: un chico había hecho explotar su pluma, y tenía toda la cara negra de la ceniza. El pobre tenía una expresión de desconcierto increíble. Harry Potter, que estaba sentado a su lado, tuvo que pedir otra pluma para el chico. La clase transcurrió sin más accidentes, y cuando acabó, Luce y yo nos dirigimos a la salida. Justo entonces oímos unas voces que discutían en el pasillo. Curiosas, nos acercamos para ver cuál era el motivo de la pelea cuando oímos a una voz que arrastraba las palabras:
- ...patético, Finnigan. Ha sido patético.
- ¡Cállate Malfoy! ¡Déjame en paz!
- ¿O qué?
Malfoy se estaba metiendo con alguien, para variar. Aunque a diferencia de otras veces, iba sólo. Su nueva víctima era el chico que había hecho explotar la pluma durante la clase.
- Mira, Malfoy, si no te largas...
- ¿Qué? ¿Vas a hacerme explotar?
Miré a Luce y supe que iba a intervenir. Decidí que lo mejor sería no meterme.
- Eso es exactamente lo que me gustaría que hiciera, Malfoy. El mundo sería un lugar mejor sin tu irritante presencia.
- ¡Oh, ya está aquí la heroína de la escuela! ¡La defensora de todos los idiotas! ¡La metomentodo oficial! ¡Brooks! –dijo, gesticulando exageradamente.
- ¿Qué pasa, Malfoy? ¿Sino te metes con alguien no eres feliz? ¿Necesitas amargarle la vida a los demás para sentirte mejor? Lo que me extraña es que no estés acompañado de tus dos gorilas para que te protejan. No sabía que eras tan valiente...
- Muy graciosa, Brooks, aunque no tanto como Finnigan –señaló al chico-. Él sí es un payaso.
Aquello ya fue demasiado. ¿Por qué no dejaba en paz al pobre chaval?
- ¡Déjalo en paz! –le dije, furiosa.
- Nadie ha pedido tu opinión, asquerosa sangre sucia.
- ¡No la llames sangresucia! –dijeron Luce y el chico al unísono, y se lanzaron a por Malfoy, que gritó y echó a correr. Luce hizo ademán de perseguirlo, pero la cogí por el hombró y negué con la cabeza.
- Gracias –dijo entonces el chico-. Muchas gracias, de verdad. Me llamo Seamus Finnigan.
- Yo soy Jane Hemsthrow –le sonreí- y ella Luce Brooks –Luce hizo un gesto de saludo con la mano y sonrió también-.
- Pues gracias por defenderme. A las dos –dijo mirándome-. Aunque la verdad que Malfoy tiene razón –dijo bajando la cabeza-. He quedado fatal en clase...
- Oh, vamos –dije, tratando de consolarlo-. Es normal, era la primera clase. Todos lo hemos hecho un poco mal. Luce por ejemplo me ha clavado la pluma en un ojo... –dije, mirándola.
Ella empezó a reírse otra vez, y al final los tres acabamos riendo. Entonces, nos fuimos juntos a la siguiente clase, que era Vuelo, con la profesora Hooch. Salimos fuera y allí estaba Madame Hooch, entre dos filas de escobas perfectamente colocadas.
- Bienvenidos a clase de vuelo –dijo la profesora-. ¿Bueno, a qué esperáis? Todo el mundo al lado izquierdo de su escoba. ¡Vamos, daos prisa! –los alumnos se apresuraron a hacer lo que ordenaba-. Extended la mano sobre la escoba y decid ¡arriba!
- ¡ARRIBA! –dijo la clase entera al unísono. Algunos alumnos como Harry Potter y Draco Malfoy –ese idiota- consiguieron que su escoba volase rápidamente hasta su mano a la primera, aunque la mayoría no consiguió nada. Algunos hicieron que su escoba se revolviese en el suelo, sin elevarse ni un palmo. Y otros, como Ron Weasley, lo único que consiguieron fue que la escoba les golpease en la cara.
Yo lo conseguí al tercer intento. Satisfecha, miré a Luce para ver si lo había conseguido ella también. Decía “¡arriba!” con voz suave una y otra vez. Entonces, visiblemente cansada de aquello, entrecerró los ojos y gritó “¡ARRIBA, YA!” tan fuerte que los que estaban a su lado dieron un respingo. La escoba voló hasta su mano y ella, satisfecha, sonrió. Cada vez eran menos las escobas que se agitaban en el suelo. Cuando todos tuvieron ya su escoba, la profesora Hooch nos dijo que nos montáramos en ella con cuidado de no resbalarnos. Iba a contar hasta tres, y entonces nosotros debíamos dar una patada en el suelo y elevarnos; pero un chico dio la patada antes de tiempo y empezó a volar, sin control, a nuestro alrededor. Nos agachamos justo a tiempo y pasó rozando nuestras cabezas; entonces subió hasta una de las torres del castillo y allí se enganchó con la lanza de una de las estatuas. Pero su túnica se desgarró, y siguió cayendo hasta volver a engancharse con otro gancho que sobresalía del muro, a poca distancia del suelo. Entonces su túnica se le salió y el pobre chico cayó al suelo.
La profesora fue corriendo hasta él, y lo llevó a la enfermería. Ordenó que nadie montara en su escoba mientras ella no estaba, pero Malfoy, cómo no, debía llamar la atención y ser malo –eso lo hacía sentir especial; así que cogió una recordadora, que se le había caído al chico mientras volaba descontrolado, y se elevó con su escoba en el aire. El muy canalla volaba bastante bien. Pero entonces Harry Potter se elevó también en su escoba para recuperar la recordadora. Malfoy la lanzó lejos, pero Harry, con un giro de su escoba, voló rápidamente hasta recuperar la recordadora y se posó en el suelo ágilmente. Todos aplaudimos, pero entonces vino la profesora McGonagall, nuestra profesora de transformaciones, y le pidió que la acompañara. Seguro que lo iba a castigar por haber desobedecido a la profesora Hooch. ¡Y todo por culpa de Malfoy!
Cuando la profesora McGonagall se fue, Luce me confesó que estaba tentada de subir a Malfoy  a un árbol (con el hechizo que habíamos aprendido, Wingardium Leviosa) y usarlo como una piñata. Sin embargo, se contentó con darle un par de escobazos en la cabeza y escabullirse antes de que Malfoy tuviera tiempo de darse cuenta de quién había sido. Luego le di yo un par más, por si acaso, y entonces se puso como un loco y empezó a gritar que encontraría al culpable. Comenzó a interrogar a todo el mundo, hasta que alguien usó una escoba como zancadilla y él cayó al suelo. Me parece que fue Seamus. En cualquier caso, cuando la profesora Hooch volvió, nos encontró a Luce y a mí tiradas en el suelo, con los ojos llenos de lágrimas de risa.”

- Ése día tuvimos varias clases más, pero ésas fueron las que mejor recuerdo. Desde luego, en los siguientes días ocurrieron muchas más cosas, pero eso ya os lo contaré otro día. Por ahora, contentaos con saber que ése fue nuestro primer día; el principio de la aventura.

jueves, 1 de marzo de 2012

CAPÍTULO 2

- ¡Pero no nos dejes así! –dijo uno de los niños.
- ¡Eso, eso! –corearon los demás.
- Bueno... pero os cuento otra historia y os vais todos a la cama, que ya es tarde.
- ¿Nosotros podemos quedarnos a dormir? –preguntaron algunos de los niños.
- ¿Qué? ¡No, de eso nada! Cada uno a su casa.
- Jooooo... –hubo un murmullo de decepción general.
- ¿Qué queréis? ¿Qué deje que se queden diez niños en mi casa a dormir?
- ¡¡¡Sííííí!!!
- Pues no. La última historia de esta noche, ¿de acuerdo? Mañana continuaremos.
- Vale...

Cruzamos el lago en medio de la noche. Mientras llegábamos al otro extremo, el hombre gigante, que se llamaba Hagrid, nos dijo que en el fondo del lago vivía un calamar gigante.
- Pero tranquilos –dijo al ver nuestras caras de preocupación- el calamar gigante no suele atacar. Creo que hace unos veinte años que no ahoga a nadie...
Eso, lejos de tranquilizarnos, nos asustó aún más. En mi barca, varios niños se apretujaron unos contra otros en el centro de la embarcación, temiendo que el calamar gigante saliera del lago de un momento a otro y se los comiera. Sin embargo, y para sorpresa de todos, llegamos sanos y salvos a la otra orilla. Bajamos de las barcas, y Hagrid nos condujo hasta el castillo. Subimos unas escaleras y esperamos en un rellano, frente a unas gigantescas puertas. Malfoy se acercó a un chico con gafas y le dijo que él podría ayudarle a algo que no conseguí escuchar, pues estaba demasiado absorta en lo que había dicho antes. El nombre de aquel chico con gafas ¡era Harry Potter!
- ¡Harry Potter! –susurré, atónita-. Dios mío, es increíble... ¡es Harry Potter!
- ¿Harry Potter? –susurró también Jane-. ¿Él Niño que Sobrevivió?
- ¡La única persona que ha vencido a Quien-tú-sabes! ¡Y siendo tan sólo un bebé!
- ¡Esto es increíble!
Todas las miradas estaban posadas en él; estaba claro que todos estaban tan asombrados como nosotras. Ahora Malfoy hablaba también con un chico pelirrojo que parecía ser amigo de Harry Potter. Por la cara que estaban poniendo, Malfoy tampoco estaba siendo muy agradable con ellos. Entonces, Malfoy le tendió la mano a Harry Potter. Él lo miró con desagrado y la rechazó, diciendo algo que no logré escuchar; demasiada gente se había colocado delante nuestra para poder ver mejor al Niño que Sobrevivió. Entonces, llegó una mujer que debía tener unos cincuenta años. Tenía el pelo marrón, canoso, recogido en un moño, y sus ojos azules miraban de una forma muy estricta que dejaba claro que estaba acostumbrada a que la obedecieran. Sin embargo, no parecía alguien a quien se le deba tener miedo. Sólo respeto.
Las puertas se abrieron y mostraron un gran comedor, en el cual habían cuatro grandes mesas, llenas de alumnos, que ocupaban la mayor parte de la sala. Al fondo había otra mesa, más pequeña, en la que estaban sentados unos adultos; debían de ser los profesores. El techo, que mostraba un oscuro cielo estrellado como el que había fuera, estaba iluminado por miles de velas que flotaban en el aire. Todos nos quedamos mudos. ¡Aquello era fantástico! Entonces la mujer, que llevaba un taburete y un sombrero raído y viejo en la mano, nos guió –en fila- por el centro del comedor hasta que llegó frente a la mesa de los profesores. Entonces, dejó el taburete en el suelo y puso encima el sombrero. Sacó un pergamino y empezó a nombrar a los alumnos de primero, de uno en uno. El alumno nombrado se acercaba al taburete y la mujer le ponía el sombrero en la cabeza. El sombrero, que se llamaba Sombrero Seleccionador, decía a qué casa pertenecía cada alumno.
- ¡Brooks, Luce! –dijo la mujer.
Cuando pronunció mi nombre, me quedé helada. Estaba tan nerviosa que por unos segundos me quedé clavada en el sitio, sin poder moverme. Empecé a caminar lentamente hacia el taburete. Mi corazón latía tan fuerte que me dio miedo que todo el mundo lo estuviese escuchando. Mi estómago estaba tan revuelto que pensé que de un momento a otro iba a ponerme a vomitar. Todo el mundo me miraba. Yo recé para que el Sombrero Seleccionador me pusiese en Gryffindor; al fin y al cabo mis padres habían pertenecido a esa casa. Mi abuela, sin embargo, había pertenecido a Ravenclaw; ella quería que yo fuera a esa casa, como ella. Lo único de lo que yo estaba segura era de que no quería estar en Slytherin; mis padres me habían dicho que la mayoría en esa casa acababan convertidos en mortífagos.
Me senté en el taburete y la mujer me puso el Sombrero Seleccionador en la cabeza. Al cabo de unos segundos, el Sombrero gritó “¡Gryffindor!”. Yo respiré, aliviada, y muy contenta y con una gran sonrisa en la cara, me dirigí a la mesa de Gryffindor, donde todos los alumnos me aplaudieron. Cuando fue el turno de Jane, yo crucé los dedos para que también fuera una Gryffindor; no quería separarme de mi amiga. Por suerte, ella también cenó en nuestra mesa aquella noche, al igual que Harry Potter y su amigo pelirrojo, que se llamaba Ronald Weasley.
La mujer que había traído el Sombrero Seleccionador resultó ser la profesora de transformaciones, Minerva McGonagall. Cuando acabó la selección, y todos los alumnos se hubieron sentado a sus respectivas mesas, el director pronunció un discurso de bienvenida y luego todos nos abalanzamos sobre la cena, que apareció mágicamente en unos platos dorados. Cuando todo el mundo estaba ya lleno, la cena desapareció y en su lugar aparecieron unos postres de aspecto delicioso.
- No puedo comer más –dije- ¡pero haré un esfuerzo!
Al acabar la cena, unos alumnos mayores que se hacían llamar prefectos nos condujeron a nuestros dormitorios. Para llegar a la sala común de Gryffindor, había que subir muchas escaleras. Por el camino, varios cuadros que habían en las paredes nos dieron la bienvenida. Un par de veces tuvimos que esperar a que llegara alguna escalera; éstas se movían de vez en cuando, y en ocasiones no podíamos seguir avanzando porque la escalera que debía conducirnos hasta la torre no estaba en su lugar. Al final, llegamos hasta una pared sin salida, donde estaba colgado el retrato de una mujer muy gorda. Pensé que nos habíamos equivocado, pero entonces el prefecto –que se llamaba Percy y que resultó ser hermano de Ron Weasley- pronunció una contraseña y la mujer del retrato nos dejó pasar.
La pared se abrió y dio paso a una sala amplia y confortable. Había una chimenea que caldeaba la habitación, y junto al fuego había unos sillones y una mesa. Al otro lado de la sala había un tablón de anuncios, junto a una ventana. El suelo estaba cubierto por una alfombra que parecía muy mullida. Varios alumnos estaban ya allí, charlando. Al fondo, había unas escaleras por donde se subía a los dormitorios.
Las chicas nos fuimos por un lado y los chicos por otro. Varios alumnos quisieron mudarse, pero los prefectos no los dejaron. Subimos las escaleras y llegamos hasta una puerta. La abrimos, y apareció una habitación en la que había cinco camas con dosel. Eran de madera, y parecían muy antiguas. Unas cortinas de color rojo las cubrían a ambos lados. Al lado de cada cama, estaba una mesita de noche. Una gran ventana a un lado de la habitación dejaba pasar la tenue luz de la luna.
Las maletas ya estaban allí. Mi gato, que había estado tumbado sobre una cama, se incorporó de un salto cuando entré y se lanzó a por mí, en busca de mimos. Lo acaricié un poco y me puse a deshacer mi equipaje. Las otras chicas hicieron lo mismo. Mientras estábamos en ello, estuvimos hablando un rato. Aparte de con Jane, compartía habitación con otras tres chicas más: Hermione Granger, Lavender Brown y Parvati Patil. Parecían simpáticas. Al cabo de un rato, nos acostamos.
Yo tardé bastante en dormirme. La emoción del día aún me tenía en tensión. Por mi cabeza no paraban de pasar imágines de lo sucedido en las últimas veinticuatro horas. La felicidad que me embargaba era tal que pronto me di cuenta de que estaba sonriendo como una tonta, sin ningún motivo. Al cabo de lo que me pareció una eternidad, mis ojos se cerraron y mi mente dejó de pensar por fin.
Así acababa lo que sería el principio de un año lleno de magia. ”