jueves, 12 de abril de 2012

CAPÍTULO 6


- Bueno, ahora y teniendo en cuenta que es la una ya, hemos acabado –dijo Luce.
- ¿Cómo que acabado? –dijo uno de los niños-. ¿No vais a seguir contándonos historias?
- Hijo, es que ya es hora de comer... –dijo Jane.
- Claro. Ahora se va cada uno a su casa y...
- ¡Pero tenéis que seguir contándonos historias! ¡Queremos saber hasta el último detalle de vuestras vidas!
- Esto parece (El diario de patricia en Inglaterra) –dijo Luce.
- Tranquilidad, chicos –dijo Jane-. Seguiréis escuchando la historia, esta tarde. Es sólo que cada uno tiene que volver a su casa para comer y luego...             
- ¡Pero eso no importa! –la interrumpió el niño rubio-. ¡Os podéis quedar todos a comer! ¿A qué sí, mamá? ¡Gracias! –dijo antes de que Luce tuviese tiempo de contestar-. ¡Venga, rápido! ¡Id y decídselo a vuestros padres! ¡Ellos también pueden venir!
Todos los niños echaron a correr en dirección a sus casas, excepto cuatro de ellos: los hijos de Luce y los de Jane.
- Bueno, como tú ya estás aquí, no hace falta que vaya a avisarte, ¿no? –dijo un niño castaño.
- Pero sí que hay que avisar a papá, ¿verdad? –dijo su hermana.
- No creo que la tía Luce...
- ¡¡PERO CÓMO INVITAS A TODOS LOS NIÑOS A COMER!!
- Bueno, mamá, es que...
- ¡¡YA ESTÁS YENDO Y DICIÉNDOLES QUE NO SE PUEDEN QUEDAR A COMER!! ¡Dónde has visto tú que haya espacio!
- Bueno, siempre podemos comer en el jardín...
- ... ¡Y esto ha sido la guinda! –continuó ella sin hacerle caso-. Primero los invitas sin nuestro consentimiento a venir aquí a las NUEVE DE LA MAÑANA, ¡y ahora a que se queden a comer! ¡De donde saco yo ahora comida para... –contó con los dedos- nueve niños! ¡Eso sin contar adultos, claro! –volvió a contar-. ¡Ocho adultos! Dios mío, qué dolor de cabeza... Necesito una infusión o algo... Creo que tengo alguna en algún sitio –dijo Luce, llevándose las manos a la cabeza y mirando distraída alrededor.
- Bueno, todos podemos ayudar... ¿verdad, papá? ¿A que a ti no te parece mal? –dijo el niño, buscando ayuda con la mirada a su padre.
- Hijo, estas cosas hay que consultarlas primero. No has hecho bien, y estoy muy decepcionado contigo. Aunque por otra parte... –dijo mirando a la horda de niños y padres que ya se veían desde lejos- no creo que ya se pueda hacer mucho.
- ¿Ahora te pones de su parte?
- No, claro que no. De hecho, estoy muy enfadado. Pero ahora ya... Además, ¿no estabas diciendo desde hace un tiempo que querías organizar una comida todos juntos?
- Bueno...
- Pues ya está. ¡Winky! –llamó el hombre-. Prepara una mesa en el jardín y haz comida para... eh... –contó con los dedos- diecisiete personas.
- ¡Sí, amo! –dijo ella, y se dirigió al jardín.
- En fin... Siento haberte gritado, hijo; si me levanto antes de las diez parece como si mi cabeza fuera a explotar. Por cierto, ¿tú no piensas cambiarte? –le dijo Luce a su marido, que aún llevaba la bata de cuadros escoceses y las zapatillas de estar por casa.

- ¡Ah, es verdad! Ahora vuelvo –y subió a toda prisa por las escaleras.

Para cuando todos llegaron, en el jardín de la casa habían aparecido diecisiete sillas y una mesa, llena de platos de aspecto delicioso. Se saludaron, y enseguida se sentaron a comer, pues los platos tenían un aspecto delicioso. Tras una deliciosa comida, los niños jugaron un rato mientras los adultos se quedaban charlando.

- ... ¡Sí, es verdad! Pero eso no fue todo, de repente...

- ¡Mamá! Sigue contando, anda.

- ¿Pero no estabais jugando?

- Sí, pero ya nos hemos aburrido. ¡Venga, venga, venga, porfa!

- Sí, venga Luce, yo también quiero escucharlo –dijo uno de los hombres que estaban allí sentados, y al sonreír las gafas se le torcieron un poco.

- En fin, si a todos os hace ilusión... Venga, empiezo.


Había pasado una semana desde el incidente del trol. Hermione no había vuelto a mencionarlo, aunque claro, tampoco es que hubiese pasado demasiado tiempo con nosotros. Ahora iba mucho con Harry y Ron.

- Hermione -le dije un día al salir de clase- quería decirte una cosa…

- Ahora no puedo. ¡Debo ir a la biblioteca! -en eso no había cambiado nada-.

- De eso se trata. ¡Ya nunca puedes! Si no estás en la biblioteca, estás con Harry Potter y Ron Weasley. No digo que esté mal ni nada, pero… es que a mí también me apetece hablar contigo de vez en cuando…

- ¡Oh, vaya! Lo siento Luce, no había caído en la cuenta… No te preocupes, después de comer voy contigo y con Jane y charlamos un rato.

- ¡Genial! Pues hasta luego -sonriendo, me fui a la siguiente clase del día.

La siguiente clase del día resultó ser pociones. Snape, como siempre, nos dedicó un inspirador discurso sobre cómo todo nuestro trabajo, habilidades y carácter en general no valían la pena, además de añadir un encantador comentario sobre cómo los alumnos de Slytherin eran mucho mejores que los de Gryffindor en el complicado y maravilloso arte de hacer pociones y en todas las demás materias.

También restó los puntos rutinarios que solía quitar a Gryffindor todos los días por cualquier tontería, fue desagradable con todos y ridiculizó a Neville y a Seamus por su poca habilidad haciendo pociones, y por supuesto agregó comentarios sobre los delirios de grandeza de Harry Potter. No faltaron, además, varios cumplidos a Malfoy que hicieron que pasara toda la clase con su sonrisa de suficiencia pegada a la cara. Malfoy tampoco se cortó en lo referente a hacerle la pelota a Snape, y en insultar a todos los miembros de Gryffindor que podía y sabotearles las pociones; claro que, en esos momentos, Snape casualmente parecía quedarse sordo y ciego.

Ya salíamos cuando Malfoy pasó por mi lado y me hizo un agradable comentario sobre mi falta de inteligencia, desagradable olor corporal y demás encantadores adjetivos a los que yo respondí con un gesto de la mano que suele resumir todas las palabras y que procuré que ningún profesor viera.


- ¿Y qué gesto era ese, mamá? -dijo el niño rubio.

- ¿Eh? Pues… uno… un gesto que… que… ¡que tú no debes saber cuál es! Es de muy mala educación hacer eso y… -dijo Luce.

- ¿Entonces tú eres maleducada, mamá? Yo siempre había pensado que eras muy educada…

- ¡Por supuesto que lo soy!

- Pero acabas de decir que…

- ¡Eso fue porque la situación lo requería y…!

- Entonces si la situación lo requiere, ¿puedo hacer ese gesto que…?

- ¡NO, NO PUEDES!

- Pero…

- ¡Esta conversación se ha acabado!

- Bueno, de todas maneras no sabía qué gesto era…

- ¿En serio? Pero si todos lo saben… -dijo un niño pelirrojo-. Mira, es así…

- ¡SI ALGUIEN HACE ESE GESTO EN ESTA CASA LO ECHO Y NO VUELVE A ESCUCHAR UNA HISTORIA!

El niño inmediatamente bajó la mano, sin llegar a hacer el gesto en concreto. Aún así, le susurró a los demás niños " luego os lo enseño…" sin que ninguno de los mayores lo oyera.

- Bueno, si hemos acabado la conversación…

- Sí, sí, por supuesto, sigue -dijo el niño rubio.

- Muy rápido te has conformado tú… ¿Qué estáis tramando todos, que os veo unas sonrisas muy sospechosas?

- ¡Nada, nada! ¡Me ofendes, mamá, con tu falta de confianza!

- Sí, ya ya… -dijo mirando a todos los niños como si tuviera rayos X en los ojos.

- Oye, ¿y si sigo yo? –dijo Jane.

- Sí, vale... –dijo Luce, que aún parecía estar haciendo una radiografía a los niños.


Después de comer, Luce y yo fuimos con Hermione al jardín para charlar un poco y ponernos al día.

- …¿y sabéis qué? ¡Al final resultó que había sido yo la que había hecho estallar la ventana! -dijo Luce, y las tres nos echamos a reír.

- Eso no es nada comparado con la vez que, cuando me estaba probando un vestido horrible en una tienda llena de muggles, ¡hice que todos los vestidos salieran volando por los aires! Los muggles lo atribuyeron a una extraña corriente de aire o algo así, pero fui yo sin querer… - Hermione se estaba riendo tanto que se cortó al final de la frase.

Yo estaba a punto de contarles la vez en la que hice que un plato de espaguetis pasase a ser el nuevo peinado de mi tío William, que era calvo, cuando aparecieron Harry y Ron por un pasillo.

- ¡Eh, Hermione! ¿A que no sabes qué? Creemos que el que intenta robar la… ¡Uy! Hola, chicas… -Ron se calló de golpe-. ¿Qué… qué tal?

- Eh… pues bien, aquí, cotilleando un poco, ya sabes… -dije.

- Sí… eh… -Ron y Harry parecían un poco incómodos-. Hermione… ¿podemos hablar un momento contigo… a solas?

- Eh… Bueno, si es un momento… -Hermione nos lanzó una mirada culpable y se encogió de hombros, como diciendo " lo siento " y se fue con ellos.
Volvió al cabo de unos minutos. Parecía muy excitada, aunque intentaba disimularlo.
- Bueno, eh... En fin, sigamos. ¿De qué hablábamos? Ah, sí, de esa vez en la que...
- ¡Hermione! ¿Quedamos después de clase, no? –preguntó Harry.
- No sé, tengo que ir a la biblioteca... –Harry puso los ojos en blanco-. Bueno, vale.
- Sois muy amigos, ¿verdad? –dije yo.
- Pues sí, la verdad. Ellos... ¡Oh, un momento! ¡Qué maleducada soy! –Luce y yo nos miramos extrañadas, pero antes de que pudiéramos preguntarle a qué se refería, ya había arrastrado a Harry y a Ron hasta donde estábamos-. Chicas, ellos son... bueno, ya los conocéis... Harry Potter y Ron Weasley –nos saludaron con la mano-. Chicos, ellas son Jane Hemsthrow y Luce Brooks –los saludamos también-.
- Encantada –dijo Luce.
- Igualmente –dijo Harry.
- Chicos, ¿por qué no quedamos todos después de clase? –dijo Hermione.
- Eh... vale...
- ¡Pues hasta luego, entonces! –dijo ella, y se volvió a sentar con nosotras en el césped.
Pasamos un rato hablando hasta que fue hora de ir a clase. Tocaba vuelo; a mí no me gustaba demasiado, porque en la clase anterior me había escurrido de la escoba y había acabado aplastando a Seamus, que justo volaba por debajo de mí. Aunque, ahora que lo pienso bien, a él debía de gustarle aún menos que a mí.
El caso es que estábamos en clase de vuelo. La señora Hooch había hecho aparecer unos aros flotantes que teníamos que atravesar. Hasta ahí todo bien; algún que otro accidente de choque, pero nada importante. Yo estaba atravesando los aros con sorprendente facilidad cuando a alguien se le ocurrió la brillante idea de prenderles fuego a los aros, para hacerlo “más interesante”. Luce estaba entusiasmada, por supuesto, pero yo no lo veía tan claro, sobre todo después de que a Neville le prendiera fuego la túnica al pasar por uno de los aros.
Tras un cuarto de hora de túnicas y pelo chamuscados, la señora Hooch pensó que quizá no había sido tan buena idea, así que devolvió los aros a su estado normal. Fue un gran alivio para mí, que no quería acabar el día con la mitad de la cabeza sin pelo. “¡Con lo díver que era!”; Luce se enfurruñó lo que quedaba de clase.
Cuando salimos, fuimos directos a la Sala Común; allí habíamos quedado con Harry, Ron y Hermione. Estábamos a punto de subir las escaleras que conducían a la torre de Gryffindor cuando nos encontramos con el trío calavera (o sea, Malfoy y compañía).
- Hoy has volado muy bien, Hemsthrow. ¡Qué pena que no lo hayas hecho tan mal como de costumbre! Ha faltado nada para tener sangre sucia a la brasa –dijo Malfoy, arrastrando las palabras.
- Tú sí que das la brasa, Malfoy –le dije intentando aparentar seguridad, aunque en el fondo me sentía vulnerable.
- ¡Vaya, pero si sabes hablar! Creía que era Brooks la que siempre intercedía por ti.
- No, no siempre, aunque no niego que me encanta hacerte quedar fatal... Es divertido ver la cara de idiota que pon... bueno, tu cara de idiota –dijo Luce.
-  ¡Las únicas idiotas que hay aquí sois tú y tu amiguita! Un día, cuando hayan echado a ese viejo loco de Dumbledore, mi padre ocupará su puesto, ¡y no dejará que las traidoras a la sangre y las sangre sucias como vosotras pongan un pie en este colegio! ¡Sois unas...! –Malfoy se puso histérico.
- ¡Cállate, subespecie de mago inútil! –Luce le dio un empujón a Malfoy, que se puso histérico.
- ¡NO TE ATREVAS A TOCARME!
- ¡Y TÚ NO NOS VUELVAS A LLAMAR ASÍ! ¡¡No eres más que un estúpido excremento repugnante de basilisco!! ¡¡Cerebro de gusamoco!! ¡¡Leprechaun idiota!! –yo iba gritando lo primero que me venía a la cabeza.
- ¿Leprechaun?
- Es lo primero que se me ha ocurrido.
- Mmm... No está mal.
- ¡Os arrepentiréis de lo que habéis dicho! –chilló Malfoy, fuera de sí-. ¡Crabbe, Goyle, enseñadles lo que les ocurre a los que me hacen enfadar!

Crabbe y Goyle sacaron sus varitas y nos apuntaron con ellas, adoptando un gesto amenazador. Ya se disponían a atacarnos con algún hechizo, cuando por un rincón del pasillo apareció el profesor Flitwick, (que había oído los gritos) sudoroso y con cara de asustado. Vino corriendo y se interpuso entre nosotros.

- ¡¿Qué está pasando aquí?! –chilló con su vocecita aguda.

- Nada, profesor, deje que le explique… -empezó Malfoy.

- ¡Malfoy les ha ordenado a Crabbe y Goyle que nos ataquen! –lo cortó Luce.

- ¿Que les ha ordenado…? ¡Señor Malfoy! ¿Es eso verdad?

- Sí, bueno, pero es que Brooks me ha insultado y agredido, señor profesor –dijo Malfoy, buscando una excusa para su comportamiento.

- ¿Es eso cierto, señorita Brooks?

- Bueno, sí, pero…

- ¡Y le parecerá bien meterse así con un compañero!

- No, claro que no, pero…

- ¡No hay peros! No me esperaba esto de usted…

- Yo…

- ¡Ella sólo me estaba defendiendo, profesor Flitwick! –grité yo, enfadada-. ¡Malfoy me ha llamado sangre sucia!

- ¡¿QUÉ?! ¡¡Señor Malfoy!! ¿Es eso cierto?

- ¿Qué? No, no… Bueno, tal vez… Pero…

- ¡¡NO PUEDE USTED LLAMAR DE ESA FORMA A NINGÚN ALUMNO!! ¡20 puntos menos para Slytherin! ¡Y acompáñenme, usted y sus dos amigos! ¡Venga! ¡Los llevaré al despacho del profesor Snape!

Cuando ya se iban, Malfoy se volvió para hacernos una mueca, momento que yo aproveché para sacarle la lengua y sonreírle burlonamente. Entonces Luce y yo subimos las escaleras hasta la Sala Común, un poco agitadas pero bastante satisfechas con el resultado de la discusión.

Cuando llegamos a la Sala Común, Hermione, Harry y Ron ya nos estaban esperando en un rincón. Hermione vino corriendo hacia nosotras, poniendo una cara severa.

- ¡Llegáis tarde! Llevamos un buen rato esperando. ¡Yo ya podría haber acabado mis deberes!

Entonces se acercaron Harry y Ron.

- Eh, chicas, ¿por qué llegáis tarde? ¿Ha pasado algo? –dijo Ron.

- Pues, ahora que lo comentas, hemos tenido un pequeño "percance" con Malfoy –dijo Luce.

- ¿En serio? ¿Qué ha pasado? –preguntó Harry.

- Pues que me ha llamado sangre sucia –dije yo, y al oírlo Hermione se tapó la boca con la mano.

- Entonces nos hemos peleado con él, y le hemos llamado de excremento para arriba… -dijo Luce.

- Y entonces ha venido el profesor Flitwick y le ha quitado 20 puntos a Slytherin, y después los ha llevado al despacho de Snape –terminé yo.

- Impresionante –dijo Ron, sonriente, y nos estrechó la mano.

- Creo que al final vamos a ser muy buenos amigos –dijo Harry, que, imitando a Ron, nos estrechó la mano y sonrió.

miércoles, 4 de abril de 2012

CAPÍTULO 5

- ¿Qué es este griterío? ¡No son horas! –un hombre ataviado con una bata de cuadros escoceses y zapatillas de casa verdes bajó por la escalera, malhumorado. Llevaba el pelo alborotado, y el bigote despeinado, como si se acabara de levantar. Parecía cansado-. ¡Sólo son las...! ¿Qué hacen todos estos niños en casa? –frenó en seco, con un pie en cada escalón, y miró a todos los niños desconcertado, como preguntándose si aún estaría soñando.
- Nada, cariño, es que han venido a que siguiéramos contándoles nuestras aventuras de cuando éramos pequeños –dijo Luce.
- Bien, bueno, si no me parece mal, pero... ¿Era necesario tan temprano? ¿No podían haber venido por la tarde? Es que me habéis despertado...
- ¡Eso mismo digo yo, pero tus hijos han avisado a todos los demás para que vinieran aquí a las nueve! –Luce miró a dos de los niños con cara de reproche-. Ah, y lo siento si te hemos despertado, es que hemos tenido un pequeño... desacuerdo.
- Vamos, que te ha sentado mal algo y te has puesto a lanzar maleficios a todo lo que se te ha puesto por delante, ¿no?  –dijo, dándole un beso a su mujer.
- ¡No, claro que no! A todo no, sólo a un par de cosas... –dijo ella, sonriendo.
- Ajá. Bueno, creo que necesito algo antes de que me quede durmiendo. ¡Winky, tráeme un café por favor!
Al instante, Winky apareció con una taza de humeante café en las manos. Se la dio al hombre con la bata de estar por casa, que se dejó caer en la silla con aspecto soñoliento.
- Bueno, ahora que estás aquí, ¿te vas a quedar a escuchar la historia? –dijo Jane.
- Bueno... ¿Salgo yo?
- ¿Qué pregunta es esa? ¡Pues claro que sí!
- ¿Y cuentas todo exactamente como pasó?
- ¡Hasta el último detalle!
- Por las barbas de Merlín, veremos a ver lo que decís de mí...
- Pues la verdad y sólo la verdad –dijo Jane, con tono solemne.
- Lo estás arreglando...
- ¡Venga, deja ya de lamentarte! Que voy a empezar a contar la historia –dijo Luce.

Ya había pasado un mes desde que llegamos a Hogwarts. Los profesores ya habían empezado a trabajar en serio, y nos ponían bastantes deberes. Yo solía sacar “ S ” en la mayoría, aunque en Historia de la Magia reconozco que a veces no pasaba del aceptable.
Herbología tampoco era mi fuerte: recuerdo que un día, mientras la profesora Sprout nos enseñaba a distinguir una flor voladora de un lazo del diablo, éste me agarró por el cuello e intentó estrangularme. Presa del pánico, no podía recordar el hechizo que neutralizaba a la planta, así que comencé a clavarle mi varita con todas mis fuerzas (aunque no sirvió de nada). Tampoco podía gritar, porque la planta me estaba asfixiando; menos mal que Hermione se dio cuenta y realizó un hechizo de luz –Lumos- y la planta me soltó. Ése no fue un buen día.
Por fin llegó el final de las clases del día y los cuatro nos dirigíamos fuera para tomar un poco de aire fresco después de un agotador día. Yo iba tarareando distraída una canción muy pegadiza de un grupo que últimamente estaba arrasando, “Las brujas de Macbeth”, cuando en ese instante, Malfoy apareció seguido de sus dos guardaespaldas personales. Yo traté de ignorarle y seguí tarareando aún más fuerte, pero eso sólo le dio una excusa para meterse conmigo.
- ¿Sabes, Brooks? Toda mi vida me he preguntado porqué llueve tanto en Londres. Ahora lo entiendo: es culpa tuya, por cantar.
Yo al principio no lo entendí, pero luego caí en la cuenta de que era una indirecta sobre lo mal que cantaba (aunque yo cantaba muy bien, por supuesto). Pero decidí no pelearme con él; lo mejor sería liarlo para que al final se perdiera y no supiera cómo contestarme.
- Oh, vamos, Malfoy, no seas tonto, yo no controlo la naturaleza… todavía no…
- No me refiero a eso; digo que cuando te oyen cantar, las nubes lloran.
- Oh, sí, lágrimas de alegría, me pasa a menudo, ¿sabes? La gente nunca ha oído un canto tan angelical y claro, al escucharme, pues se emocionan.
- ¡¿Qué?! ¡No me refiero a eso! ¡Lloran de tristeza!
- Claro, están tristes porque nunca podrán conocerme en persona… hasta que controle la naturaleza, claro; entonces arreglaré eso y las nubes no estarán tristes nunca más porque les daré un autógrafo mío.
- ¡NO ME REFIERO A ESO! ¡Las nubes lloran porque les parece que cantas fatal!
- ¿Qué? Malfoy, Malfoy, las nubes no tienen sentimientos, no son seres vivos… -le revolví el pelo como se le hace a los niños pequeños cuando no entienden algo-. Hasta un trol sabe eso… ¿Eres más tonto que un trol? –él abrió la boca para decir algo, pero yo me adelanté-. No, no digas nada, ya sé que sí, no hace falta que me lo digas.
Y dicho esto me marché, dejándolo con la palabra en la boca y con cara de idiota (o bueno, dejándolo con su cara normal, que para el caso es lo mismo). Los demás me siguieron, tratando de aguantar la risa, no fuera que Malfoy aún tuviera ganas de discutir. La verdad es que yo ya me estaba acostumbrando a pelear con él; se había convertido en una rutina diaria, como lavarme los dientes o dar de comer a mi gato. Un día en el que no habíamos discutido, aunque fueran unas simples palabras sueltas o unas miradas de odio, resultaba casi extraño.

El caso es que era uno de esos extraños días en los que Malfoy no había hecho rabiar a nadie –que yo supiera, claro- y Jane y yo estábamos descansando después de acabar los deberes.
- ¿Me acompañas al baño? –me preguntó Jane.
- ¿Al baño, ahora? ¿Para qué?
- ¡Para colgar algún cuadro en las paredes, no te fastidia!
- Jajajaja –no pude evitar reírme al ver la cara que puso mi amiga-. Venga, va, te acompaño.
Jane acababa de terminar de “colgar los cuadros” en el baño cuando Hermione irrumpió en él, corriendo, y se fue directa  a uno de los baños sin mirarnos siquiera. Se encerró en él, y Jane y yo oímos cómo lloraba. Intentamos sacarla de ahí, pero no hubo forma, y tampoco pudimos tranquilizarla.
- Vamos, Hermione, tranquila... ¿Qué ha pasado? –le dije, pero como seguía llorando y no contestó, intenté consolarla como pude-. Vamos, vamos... seguro que no ha sido para tanto...
- Venga, Hermione... Dinos qué te ha pasado, a lo mejor podemos ayudarte... –dijo Jane, aunque por respuesta sólo obtuvo algunos sollozos ininteligibles. Las únicas palabras que entendimos fueron “Weasley” y “pesadilla”.
- Hermione, venga...
- ¡Dejadme sola! –gritó ella, y siguió llorando.
Pasados quince minutos, como no conseguíamos nada y ya habíamos intentado por todos los medios entrar en el baño, pensamos que lo mejor sería dejarla sola. Así que nos fuimos, preocupadas por lo que había podido pasarle, al Gran Comedor, porque ya era la hora de cenar.
Yo estaba dando los últimos bocados a un muslo de pollo cuando Harry Potter y Ron Weasley se sentaron a nuestro lado.
- Chicas, disculpad... –dijo Harry Potter. A mí la comida casi se me cayó de la boca-. Vosotras conocéis a Hermione Granger, ¿verdad?
- Eh.. fí, la cobofemos... digo sí, la conocemos –dije tragando la comida-. ¿Por qué lo preguntas?
- Es que tengo que decirle una cosa –dijo Ron Weasley-. Bueno, más bien disculparme por algo que le he dicho.
- ¿Así que fuiste tú? Hermione está en el baño, llorando. ¿Qué le has dicho?
- Yo nada... Es que me ha oído hablar y pues...
Pero en ese momento el profesor Quirrel entró corriendo en el Gran Comedor con cara de espanto y gritó:
- ¡Troooool! ¡Trol en las mazmorras! Pensé que deberías saberlo –y a continuación se desmayó-.
Entonces, el Gran Comedor se sumió en el caos. Todos los alumnos nos levantamos de nuestras mesas y comenzamos a chillar, aterrados. Muchos platos se volcaron y esparcieron los restos de comida por el suelo, pero nadie se dio cuenta porque todos estaban demasiado ocupados volviéndose histéricos y gritando y corriendo por la sala. Pero entonces, Dumbledore pidió silencio, y cuando todos nos hubimos callado, ordenó a los prefectos que nos llevaran a nuestras habitaciones. Subimos, espantados, y una vez en la sala común, hablando con Jane, Seamus y Neville, caí en la cuenta de que Hermione seguía en el baño. Y aunque buscamos a Harry Potter y a Ron Weasley por todas partes, no conseguimos encontrarlos. Tratamos de avisar a los prefectos, pero ellos estaban demasiado ocupados para prestarnos atención, así que tuvimos que sentarnos a esperar, mientras cientos de pensamientos horribles cruzaban nuestras mentes. Sobre todo la mía, en la que ya veía al trol comiéndose a los tres chicos, o arrancándoles la cabeza con el garrote, o... Bueno, no quiero entrar en detalles.

- Ahora entiendo por qué mi madre no quiso llevarnos a la feria de los trolls que se celebró hace poco en Yorkshire...  –dijo un niño pelirrojo-.
- ¡¿Cómo?! ¿Ha habido una feria de TROLLS y no hemos ido? ¡Mamá! ¡Cómo no nos llevas! –dijo otro niño, este rubio.
- ¡No voy a llevar a mi hijo a una feria donde hay trolls! ¿No sabes lo peligrosos que son? Aparte de idiotas, sucios y desagradables, claro. –dijo Luce.
- ¡Pero si son súper guays...!
- ¿Guays, dices? Sigue escuchando la historia y verás como no te parecen tan guays...

El caso es que después de un amargo y desquiciante rato, la profesora McGonagall apareció en la Sala Común con Hermione, Ron y Harry, sanos y salvos; aunque, eso sí, más pálidos que los fantasmas del castillo. Sin decirse nada entre ellos, Harry y Ron se fueron hacia un rincón y Hermione se acercó a nosotros, cabizbaja.
- ¡Hermione! ¡Por las barbas de Merlín, qué susto nos has dado! ¡Ya nos imaginábamos lo peor! –corrí a abrazarla, y todos los demás me imitaron.
Después de una calurosa bienvenida, y de comentarios del tipo “Creíamos que no te volveríamos a ver viva” –por parte de Jane-, la dejamos respirar un poco. Pero enseguida nos volvimos a abalanzar sobre ella como vampiros a la sangre, para que nos contara exactamente lo sucedido.
- Pues... el caso es que bueno, ya sabéis, estaba llorando en el baño... y entonces salí y vi a un trol inmenso y repugnante con un garrote enorme. Entonces se lazó a atacarme y... y... si no llegan a venir Harry y Ron a rescatarme... bueno, no estaría aquí.
- ¿Vinieron a rescatarte? ¿En serio? ¡Qué monos! –dije yo.
- Pero... ¿cómo lo hicieron? Derrotar a un trol gigante de tres metros, bueno... ya sé que es el Niño que Sobrevivió y todo eso, pero no sé... –dijo Seamus.
- Bueno, pues... la verdad es que fue Ron el que lo consiguió, ¿sabéis? El trol cogió a Harry y empezó a zarandearlo y a intentar darle con su garrote, pero entonces Ron consiguió por fin hacer el encantamiento levitador, ¡y le dio al trol con su propio garrote en toda la cabeza! Entonces se cayó al suelo y rompió los pocos lavabos que no había destrozado antes.
- ¡Oh, debes de estar muy asustada! –dijo Neville.
- Sí... bueno, creo que debería ir a darles las gracias... –y tras esto Hermione se fue.

- Pues a mí me siguen pareciendo muy guays...
- ¡No vas a ir a una feria de trolls y punto!
- Pero... ¡Papá di algo!
- ¿Yo? Yo... estoy de acuerdo con tu madre... no puedes ir a una feria de trolls –Luce sonrió satisfecha, pero entonces el hombre se acercó a su hijo y le susurró, de forma que nadie más los oyera: -. Pero a la siguiente te prometo que vamos.
- ¿Qué susurráis por ahí?
- Nada, nada. Sólo le decía que no tiene que discutirte, cariño. Que eso está mal.
- Ya, seguro. Sí ya veo la cara de arrepentimiento que lleva el niño.
Éste sonrió como quien nunca ha roto un plato, y Luce suspiró y continuó.

Bueno, el caso es que a partir de entonces, Hermione iba mucho con Harry y Ron. Se hicieron muy amigos, y Hermione hasta nos los presentó una vez. Pero eso ya es otra historia.

jueves, 22 de marzo de 2012

CAPÍTULO 4

- ¡Cuéntanos algo más, porfa!
- ¡Sí, eso!
- ¡Sí!
- ¡Sí!
- ¡Haber, tranquilidad! Jane, anda, cuenta algo más mientras yo hago otras dos tazas de café –dijo Luce.
- ¡No señora, ya va Winky! ¡Usted no se levante! –dijo la elfina, con vocecilla chillona.
- Da igual Winky, si no me...
- ¡No, no y no! Winky no sería una buena elfina doméstica –Winky sentó a Luce, que ya estaba de pie, en la silla y salió corriendo.
- En fin... si no hay otro remedio... –dijo Jane con un bostezo.

Acabábamos de salir de clase de pociones. El profesor, Snape, daba miedo. Sobre todo cuando Seamus hizo estallar su poción y él le dirigió una mirada que lo podría haber matado. Yo por mi parte había descubierto que Historia de la Magia no iba a ser la única clase con la que tendría dificultades para aprobar. Yo ya me estaba empezando a acostumbrar a que Seamus hiciera estallar casi todo lo que tocaba. Luce, por su parte, creo que también se dio cuenta, y advertí que siempre solía insinuar que yo me pusiera en medio de los dos.
Los días pasaban. Luce, Seamus y yo solíamos ir juntos a todas partes. Hermione venía con nosotros a veces, aunque pasaba la mayor parte del tiempo en la biblioteca. Era muy maja, pero estaba un pelín obsesionada con los estudios.
Un día, cuando acabábamos de salir de clase de Defensa Contra las Artes Oscuras, impartida por el profesor Quirrel (que tartamudeaba un poco al hablar y que llevaba un enorme turbante en la cabeza –algunos alumnos sospechaban que era para ocultar su calvicie-.) íbamos hablando por el pasillo los tres. En ese momento, noté cómo algo chocaba contra mí y cómo me caía. Al levantar la vista, vi que el chico que se había estampado conmigo también había caído de bruces al suelo. Él gemía, y yo, asustada por si se había hecho daño, acudí a levantarlo. Luce y Seamus me ayudaron, y cuando el chico estuvo en pie, nos dimos cuenta de que era Neville Longbottom, el que había tenido que ir a la enfermería en la primera clase de vuelo.
- ¿Estás bien? –le pregunté-.
- Sí, sí... yo... siento haberte empujado, y eso...
- No pasa nada, ha sido un accidente.
- Yo... es que iba... al comedor... y...
- Y nosotros –dijo Luce-. ¿Quieres que te acompañemos?
- Bueno...
Fuimos al Gran Comedor para comer, y nos sentamos con Neville. Al principio estaba un poco cortado, pero luego empezó a tomar confianza y empezó a hablar con nosotros de una forma más natural. Nos estaba contando cómo había encontrado a su sapo Trevor dentro de su caldero de pociones cuando aparecieron Harry Potter y Ron Weasley.
- ¡Oh Dios! –dije con admiración-. ¡Es Harry Potter!
- ¡No grites! –me reprendió Seamus-. Deja de actuar como una loca. Todos nos están mirando...
Pero ya era demasiado tarde. Luce y yo estábamos absortas en una conversación:
- ¿No es genial?
- Debe de tener superpoderes o algo...
- ¡Sí! ¿Cómo derrotaría a Quien-tú-sabes?
- ¿Cómo crees que será?
- A mí me parece muy simpático.
- Y muy mono.
- Y muy inteligente.
- ¿Crees que le gustará el chocolate?
- Ni idea, ¿por?
- Estoy pensando en regalarle unos bombones...
- Oye, ¿te imaginas que se sientan con nosotras, aquí?
- IIIIIIIH!!!!! –las dos dimos un gritito histérico-.

- ¿Va en serio? ¿De verdad estabais tan... obsesionadas? –dijo uno de los niños.
- ¿Bromeas? ¡Yo tenía un póster suyo colgado en mi habitación! Claro que acabé sustituyéndolo por una foto con él... –dijo Luce.
- ¡Arréglalo!
- Mamá, ¿en serio os comportabais así?
- Bueno, reconozco que nuestro comportamiento era un poco... estúpido. ¡Pero eso no tiene nada que ver con la historia! Así que sigo.

- Chicas, tranquilizaos, nosotros dormimos en la misma habitación que él y no es para tanto, ¿verdad, Neville? –dijo Seamus.
Qué mal hizo diciendo aquello...
- ¡¿En serio?! –la voz de Luce era histérica-. ¿Puedes presentárnoslo? ¿Por favor? ¡POR FAVOR!
- ¡Y A MÍ TAMBIÉN! ¡YO TAMBIÉN TENGO DERECHO! –llegados a ese punto, muchos alumnos nos miraban, incluidos Harry y Ron, así que bajé la voz-. ¡Por favor, Seamus!
- Yo... bueno, tampoco es que seamos tan amigos... ni siquiera lo conozco mucho...
- ¡Da igual, eso bastará! ¿A que sí, Seamus? ¿A que nos lo vas a presentar?
- Eh... ¡Neville lo conoce mejor que yo! –dijo, seguramente temiendo que de un momento a otro nos abalanzáramos sobre él.
- ¡¿Qué?! ¡No, de eso nada! –dijo el pobre Neville, asustado, pero ya era demasiado tarde.
- ¡Neville! ¡¿Es verdad?! Bien, bien... ¿A qué hora quedamos?
- Pero... yo...
Justo en ese momento apareció Hermione.
- Uf, ya he venido de la biblioteca. ¡Qué hambre tengo! Eh... ¿qué me he perdido? –preguntó, al ver a Neville aterrado y a nosotras dos a punto de abalanzarnos sobre él.
- No mucho, sólo que Jane y Luce nos están acosando para que les presentemos a Harry Potter.
- ¿En serio? A mí no me parece muy simpático. Y su amigo Weasley tampoco. ¡Es incapaz de aceptar una crítica! Y es muy torpe, por cierto. – dijo Hermione, mirándolos de reojo.
- Venga, seguro que no es para tanto. A mí me parece muy majo –dije.
- Umm... –dijo ella, empezando a comer.
Después de comer, nos fuimos a la siguiente clase todos juntos. Porque a partir de ese día, Seamus, Luce, Neville y yo íbamos casi siempre juntos a todas partes.
El caso es que acabábamos de dar una clase de transformaciones, y como demostración la profesora McGonagall se había transformado en gato y había convertido a un alumno en una brújula. Nos enseñó cómo volver amarillos unos ratones, aunque sólo Hermione lo consiguió hacer. Seamus consiguió volver a su ratón negro de color gris, pero provocó un pequeño estallido y el ratón se asustó y escapó. Yo conseguí volver amarillo el pelo, pero no el de mi ratón, sino el de Luce. Antes de que ella supiera que había sido yo, grité “¡Malfoy! ¿Pero qué has hecho?” y me escondí bajo la mesa. El pobre se dio la vuelta, sin entender nada, pero enseguida tuvo que echar a correr, porque cuando Luce descubrió lo que le había pasado a su pelo comenzó a perseguirlo lanzándole todos los conjuros que sabía. El resultado fue que Neville quedó colgado boca abajo (por culpa de wingardium leviosa), la pluma de Hermione salió despedida y salpicó tinta por todas partes, el pelo de Malfoy adquirió un tono azulado y Luce se ganó una buena reprimenda por parte de la profesora McGonagall. Yo me sentía un poco culpable, la verdad, pero no me atreví a decir nada. Al fin y al cabo, no había sido tan grave, ¿no? Además, tampoco es que pasara nada porque se llevase Malfoy las culpas... No había hecho nada, vale, pero era mezquino, y además las situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas.
- ¡Con que fuiste TÚ! ¡Tú me pusiste el pelo de ese horrible color amarillo canario!
- Ups... Eh... pues sí, jeje... qué gracia, ¿eh?... jeje... je... ¡AAAAH! ¡SOCORROOOO!
- ¡AHORA VERÁS! –Luce agitó su varita y el pelo de Jane se puso de color verde vómito.
- ¡¿QUÉ LE HAS HECHO A MI PELO?!
- Si no te gusta lo puedo cambiar... –agitó su varita, y esta vez el pelo de Jane adquirió un color azul eléctrico.
- ¡Si quieres guerra la vas a tener! ¡Toma esta! –el pelo de Luce se volvió de color rosa, y ella chilló y empezó a lanzar conjuros a diestro y siniestro, y lo mismo hizo Jane.
- ¡PARAD! –chillaron los niños, unos minutos después. Uno de ellos tenía el pelo morado, otro de un color rosa chicle y un par lo tenían de color de verde.
- Oh, es verdad... ¡Hay que ver lo infantiles que somos! ¿Verdad, Luce?
- ¡MI CASA! ¡MIRA MI CASA! ¡OH DIOS, MIRA MI SOFÁ! ¡Y LA PARED! ¡¡¡Y LAS CORTINAS DE MI MADRE!!! –Luce, histérica, comenzó a devolver todas las cosas a su estado original. Aún llevaba el pelo a lunares rojos cuando arregló un jarrón que se había roto.
- Mi propia madre... ¡Qué clase de comportamiento es éste! ¡Y delante de nuestros invitados! Mamá, si te vuelves a portar así, no vamos a poder invitar a nadie a casa... –dijo uno de los niños, que solía ser rubio, aunque ahora tenía el pelo de color verde.
- ¡A mí no me...! ¡MI NIÑO! ¡¿Qué le ha pasado a tu bonito pelo?! Trae, yo lo arreglo... –con un movimiento de su varita, su pelo y el de los otros niños volvió a la normalidad.
- Ejem, bueno, si ya hemos acabado... Continúo con mi historia.
- ¡No hemos acabado este tema! Pero sigue, sigue, ya hablaremos luego, no es tan urgente... –dijo Luce al ver la cara que puso Jane.

Bueno, como iba diciendo, el caso es que acabábamos de dar una clase de transformaciones. Cuando salimos del aula, Seamus seguía intentando realizar el hechizo que habíamos estado practicando en transformaciones. Subimos a la sala común, y allí Seamus hizo estallar varios pergaminos de los deberes de un chico de quinto sin querer. Al chico no le hizo demasiada gracia, y si no llega a intervenir Percy Weasley, prefecto y hermano de Ron Weasley, probablemente Seamus habría acabado bastante mal, porque el chico empezó a gritarle y lo apuntó con su varita.
Cuando el chico se retiró a su habitación, muy indignado y lanzándole miradas asesinas al pobre Seamus, éste, que se había puesto pálido, comenzó a decir:
- Ahora me da miedo venir a la sala común... Si no llega a estar ese prefecto aquí, me habría hechizado. ¡Y seguro que lo vuelve a intentar cuando nadie nos vea!
- Vamos, Seamus, no creo que el chico te haga nada... –le dije, intentando consolarlo.
- Si es que soy un torpe... ¡Todo lo hago estallar!
- No te preocupes, yo tampoco soy muy bueno con los hechizos. ¡Seguro que al final de curso seremos unos magos impresionantes! –dijo Neville.
- Y además, tan poco has hecho tan mal el hechizo –dijo Luce-. Al fin y al cabo, los trozos de pergamino se han puesto de color amarillo...
Esto valió las risas de todos, incluida la de Seamus, que se relajó un poco. Aunque, eso sí, siempre que veía a aquel chico, procuraba ponerse en el lado contrario de la sala, lo más alejado posible de él.